Expirado

Los cinco ejes del desarrollo sostenible

Horacio Fernández, Director de Total y profesor del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA), dijo que el cuidado del medio ambiente fue la punta del iceberg con la cual empezó la responsabilidad social empresaria en los años ’70, ya que las compañías empezaron a notar que tenían una responsabilidad adicional a lo que las normas legales les exigían. En esta página damos a conocer su ponencia.

Total es una empresa de capitales franceses, es el cuarto grupo de hidrocarburos y de energía del mundo. El objetivo de esta presentación es mostrar cómo encara una empresa multinacional, tanto en la faz global como en la local, el tema de la Responsabilidad Social Empresaria. En ese sentido me voy a concentrar en las líneas y políticas básicas del grupo en lo que llamamos desarrollo sostenible. No nos gusta denominarlo Responsabilidad Social Empresaria porque tiene implicancias legales diferentes. 

El desarrollo sostenible para el grupo pasa por cinco ejes, que son la optimización de los recursos, la calidad y seguridad de los productos, el desarrollo de energías alternativas, el cuidado del medio ambiente, las relaciones con la comunidad y la gobernanza corporativa. 

En cuanto a la optimización de recursos, estamos hablando de la producción o explotación de recursos no renovables, por lo cual somos extremadamente cuidadosos en tratar de optimizar al máximo la explotación de esos recursos y no desperdiciar, no crear externalidades negativas. Entonces es un eje muy importante para nosotros tratar de aplicar las tecnologías al alcance, y las de punta, para que no se desperdicien recursos energéticos que en general no son renovables. 

En lo que hace a la calidad y seguridad de los productos, es obvio que una empresa que vende productos al público tiene el deber ético frente al consumidor de producir productos seguros y de la mayor calidad posible. 

El desarrollo de energías alternativas también está vinculado con el tema de los recursos no renovables, por lo cual todas las empresas de energía responsables hoy en el mundo están investigando el desarrollo de fuentes de energía alternativas, de las cuales la solar y la eólica hoy son las más cercanas a un punto económico de producción, aunque nunca van a reemplazar en grandes cantidades, aunque sea a mediano plazo, a los hidrocarburos, que en cantidad y precio no compiten con ningún otro tipo de energía. Estas energías alternativas son caras y por ahora no pueden tener un desarrollo económico sin fuertes subsidios por parte de los países que las están alentando fuertemente. 

Total tiene 50% de EDF, Electricité de France, compañía que se dedica a fabricar paneles solares. Y también tenemos en el Mar del Norte granjas eólicas experimentales que apuntan precisamente a la generación de energía eólica y al desarrollo de nuevas turbinas. 

El cuidado del medio ambiente es otro eje importante de la empresa. Esa ha sido la punta del iceberg con el cual empezó la responsabilidad social empresaria en los años setenta. Fue tal vez la primera manifestación, ya que las compañías empezaban a notar que tenían una responsabilidad adicional de lo que las normas legales les exigían y ahí es donde empiezan a aplicar políticas en relación al medio ambiente que van mas allá que la obligación legal de los países huésped les exige. Así que fue el primer tema por el cual se empezó a hablar de responsabilidad social empresaria. Hoy en día todas las empresas tienen normas propias más estrictas que las normas de la ciudad, las provincias y los países en donde en general operan. Esa es una fuerte manifestación de responsabilidad social empresaria. 

La relación con la comunidad es otro eje importante. Siguiendo ese dicho que afirma que no puede haber empresas exitosas en comunidades fracasadas, las empresas energéticas que operan en lugares muy apartados de la geografía mundial tienden a apoyar y alientan mucho a su entorno operativo para mejorarlo. Por eso las relaciones con la comunidad se transforman en un tema muy importante en estas compañías primarias de energía y de actividad primaria extractiva, por cuanto operan cerca de comunidades pobres en general, donde la mano del Estado no llega en su plenitud, donde no hay una actividad gubernamental muy activa. 

Finalmente el gobierno corporativo es otro tema de la responsabilidad social.

Expirado

La educación y la generación de empleo

Diego Videla Gerente de Asuntos Institucionales del Banco Galicia, explicó las alianzas que hicieron apuntando a dos objetivos fundamentales: la educación y la generación de empleo. Esta fue su ponencia:

Hace ya cinco años que empezamos con el plan de Responsabilidad Social del Banco Galicia, que se realiza mediante alianzas con ONG’s y fundaciones. Se inició con la crisis y la post-crisis de los años 2001 y 2002. Comenzamos a trabajar con los stakeholders, con la comunidad, y con los empleados, con quienes hemos avanzado bastante con un código de ética, no sólo referido a las obligaciones del empleado con la institución, sino también a la relación del empleado con la sociedad y el cumplimiento de sus obligaciones como ciudadanos en todo sentido, sobre todo en el sentido fiscal.

Hemos trabajado con accionistas y ellos obviamente son los que más se han involucrado desde el punto de vista que cuando el banco pudo venderse no se vendió y siguió siendo un banco privado nacional. 

También hemos avanzado en el tema de los proveedores. Bastaría decirles solamente que de ninguna manera el banco trabaja con prácticas desleales. Esto es importante porque hace a las funciones también de los proveedores con la sociedad. 

Me referiré a lo que estamos haciendo con la comunidad. En los comienzos el banco tenía dos posibilidades: relacionarse directamente o indirectamente, con las ONG’s. Elegimos esta última, porque las ONG’s tienen experiencia y conocimientos muy importantes en el campo social, y las empresas tienen gestión y organización, cosa que también tienen las ONG’s, pero la empresa es básicamente gestión y organización.

En esta primera etapa hicimos alianzas y apuntamos a dos objetivos fundamentales para el país y para la sociedad: la educación y la generación de empleo, dos problemas gravísimos que vienen afectando a la Argentina desde hace muchos años. 

Nuestro programa de RSE tiene como objetivo principal, además de la educación, la cultura, que es el complemento necesario de la educación. Y lo que hemos buscado con las alianzas con las ONG´s es un mayor y mejor impacto en la comunidad. 

Banco Galicia tiene cuatro programas, dos cuales cité en esta Cátedra Abierta en su segundo ciclo, en los que hemos avanzado mucho. Uno de ellos lo hacemos con la ONG Interrupción y con la Universidad Católica Argentina y se llama: “De la gente al microemprendimiento, del microemprendimiento a la PYME y de la PYME a la exportación, a la cadena de valor”. Con esto generamos empleo, porque el microemprendimiento tiene una corta vida y muy poca gente que trabaja, y una pyme tiene, como mínimo, cincuenta empleados. Además en esta época de fuerte desarraigo de lo nacional y de la empresa, las pymes son las que constituyen no solamente una entidad empresaria importante, sino que representan algo fundamental: son las que generan la riqueza de los países y las que generan empleo. Un microemprendimeinto tiene cinco personas trabajando y una pyme como mínimo cincuenta. No digo que generemos 45 puestos de empleo, pero podemos generar por lo menos siete u ocho puestos de empleo más. 

Estamos trabajando ya en las últimas modificaciones del manual de procedimientos para pasar del microemprendimiento a la pequeña y mediana empresa. Dentro de poco, vamos a estar en condiciones de generar de un microemprendimiento una pyme.

Esto lo hacemos con Interrupción, que es una ONG de base, que rescata a la gente, y con la UCA. Tenemos dos casos concretos, uno de fanales, que ya se venden en supermercados y otro textil, que se vende a empresas textiles. 

En cuanto a la alianza con Responde, “Del desempleo urbano al empleo rural”, tenemos un proyecto de Ferrobus, que es muy importante para todos aquellos pueblos que se han perdido porque ya no pasa el tren. Hay zonas en las que si bien los trenes son deficitarios, los ramales tienen la suficiente capacidad como para que el tren vuelva. Con ese Ferrobus, que es un bus que anda por las vías y después va bajando por los pueblos, no solamente terminamos con el aislamiento, sino que también empezamos a generar riqueza con el turismo y la economía regional. Eso permite que la gente que está viviendo en el conurbano bonaerense o en la Ciudad de Buenos Aires pueda volver a su pueblo a trabajar.

Estamos trabajando con la Fundación Cimientos, que evita la deserción escolar, tema tan importante para la educación, sobre todo en el nivel primario. En este caso les prestamos servicios financieros: ellos tienen becas y nosotros se las pagamos en todo el país, a través de nuestras sucursales, a los padres o a los mismos chicos.

Con la Fundación Impulsar brindamos respuestas también al desempleo juvenil. Damos financiamiento y el know how para lograrlo. Nuestros gerentes y oficiales de todo el país junto con la Fundación dan los mejores servicios financieros y de la forma más eficiente. 

Esa es la función que mencionaba al principio: la tarea que sabe hacer un banco es financiar, ver cómo se aprovechan mejor los fondos y la gestión, y las ONG’s hacen el resto. Y de ahí la importancia de las alianzas de las ONG's con el banco.

Las alianzas son fundamentales para poder trabajar mucho mejor en la gestión y que esto sea alcanzable, ya que si no hay un trabajo de equipo, como en toda empresa o como todo en la vida, no se puede avanzar. 

Además, lo que hemos deducido en estos cinco años de nuestro programa es que la RSE es parte del negocio. No cuenta solamente lo que uno hace en la empresa. Lo que hoy se trabaja con la comunidad, en el futuro le va a volver a las empresas. 

Doy un ejemplo. Si consiguiéramos que, con nuestro plan interno, los empleados, y los proveedores también, cumplieran con sus actividades fiscales no solamente habría un superávit fiscal real sino que habría muchos más recursos para dar a la comunidad. Parte del negocio sería que los que pagamos impuestos pagáramos menos impuestos. Fíjense como ya es parte del negocio.

Creemos firmemente que la educación sin materias humanísticas, tales como, filosofía, teología, sociología, no sirve; por más títulos que tengamos si no tenemos una formación humanística, no sirve. En un ciclo que el banco desarrolló, con el título “La Argentina posible”, el entonces Rector de la Universidad Nacional de Buenos Aires, Dr. Jaime Etcheverry, decía, refiriéndose a las carreras de grado, que hoy, al cambiar tan rápido todo en el mundo, al terminar una carrera, la realidad no tiene nada que ver con la que existía cuando se empezó, porque la carrera fue superada. Lo que le queda al graduado es el respeto, es la vocación, es la formación. 

Una carrera da un título, un reconocimiento, pero si ustedes me preguntan qué me acuerdo de mi carrera, les contesto que nada. Pero recuerdo la formación que tuve para poder trabajar y para enfrentar la vida. Hablamos de la falta de respeto al maestro, de los padres cuando se les dice aprobé una prueba pero no les importa cómo se logró eso, y es realmente grave lo que está pasando en la educación argentina. Creo que todos debemos contribuir a que esto mejore. Por eso el banco cree que la educación necesita una formación humanista muy fuerte; si no vamos a seguir como hasta ahora, porque los problemas argentinos no son económicos, sino de educación y de cultura.

En cuanto a la cultura, trabajamos en cuatro aspectos: en artes visuales, apoyando a los más jóvenes, en patrimonio histórico, en literatura, y en música y ballet. Esto también es parte de la educación, de su solidificación. 

Con la alianzas que realizamos estamos contribuyendo a que la educación, que la cultura, complementen nuestro programa de RSE, porque de nada vale implementar normas, medidas, códigos de ética, si una persona no las entiende, y para entenderlas necesita una formación, que hoy en la Argentina, lamentablemente, no se está dando y nunca se dio. Y los resultados están a la vista.

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Valores cívicos y compromiso ciudadano

Fernando Laborda es periodista, Licenciado en Ciencia Política, Jefe de Editoriales y columnista político del Diario La Nación, Director de la Carrera de Ciencia Política de la Universidad de Belgrano y conductor del programa de TV “Cuarto Poder”. Esta es su ponencia en la Cátedra:

Hace aproximadamente un año, en este mismo foro y en un encuentro de similares características a éste, se habló de las paradojas o contradicciones de una sociedad civil que no hacía mucho reclamaba que se fueran todos y que después terminó apoyando en las urnas a gran parte de los mismos; se mencionó también que la Argentina era uno de los países con más elevado índice de muertos en accidentes de tránsito, pese a lo cual todavía la ciudadanía se seguía resistiendo a medidas elementales como utilizar el cinturón de seguridad, y finalmente se señaló que nuestro país era uno de los que menos días de clase tenía como consecuencia de las recurrentes huelgas, a pesar de lo cual los padres de los alumnos estaban entre los primeros en oponerse a recuperar esos días en el verano. 

Es probable que nuestra sociedad no haya evolucionado demasiado en varios de esos aspectos en el último año. Al menos en el terreno político, hasta incluso podemos dar cuenta de algunos retrocesos. 

El clientelismo y la vieja política

Sólo por citar un ejemplo, advertimos que el contundente resultado electoral de la provincia de Buenos Aires, registrado el 23 de octubre último, no sólo premió a una figura política que se negó a cualquier debate, que no concedió una sola entrevista a medio de comunicación alguno y que ni siquiera fue a votar (violando un deber ciudadano elemental, quizá porque tenía que hacerlo en un distrito distinto de aquél en el cual se postulaba). También premió a la vieja forma de hacer política, a pesar de los contundentes documentos periodísticos previos al acto eleccionario que demostraron que los estilos y las estrategias a la hora de captar voluntades políticas en las zonas más empobrecidas del conurbano bonaerense no diferían entre los supuestos cultores de la nueva política y la vieja política. 

En la última campaña electoral bonaerense, vimos con claridad cómo las tradicionales bolsas de alimentos y los beneficios derivados de los planes sociales comenzaron a ser complementados con nuevas formas de clientelismo, tales como la entrega de electrodomésticos o de cheques sobre cuentas del Senado provincial en las barriadas más humildes. 

En eso pareció consistir la tan pregonada reforma política. Cambiaron las formas, no el fondo de la cuestión. La prebenda continuó; apenas cambiaron los enseres que se entregaban a cambio del voto. Y la nueva política no quedó más que en un eslogan de campaña, vacío de contenido. 

Debemos insistir en que la vieja política no es una denominación vinculada con razones generacionales. Representantes políticos de diferentes generaciones han merecido este rótulo, que se relaciona con la atribución de malos hábitos que establecen patrones de comportamiento político. 

Ejemplos de estas conductas irregulares son el fenómeno del clientelismo; los subsidios a cambio de votos o de colaboración con el partido; los puestos públicos para los “amigos” o los beneficios de planes de “empleo” que no exigen contraprestación laboral alguna y se otorgan arbitrariamente; los aparatos partidarios financiados con fondos públicos encubiertos y las campañas proselitistas poco o nada transparentes. 

Los malos hábitos que se repiten en el tiempo se transforman en vicios, que en muchos casos pasan a ser asumidos como hechos naturales y defendidos en forma corporativa. Convertidos en costumbres, se encadenan en un sistema, apoyado en un conjunto de procesos espurios y en la acción de personas con un cierto grado de independencia recíproca, que se traduce en intercambios de favores, dádivas, privilegios, protección e impunidad. Así, los representantes de la vieja política sobreviven pese al descrédito que ésta tiene en la mayor parte de la sociedad. 

Volviendo al caso bonaerense y a la última campaña electoral, no se trata de cuestionar la ayuda desde el Estado a familias que puedan vivir en la indigencia, sino su utilización política y la peyorativa consideración de los más pobres como masas disponibles dispuestas a venderse al mejor postor en el poco transparente mercado electoral. Y se trata también de cuestionar el nulo castigo electoral hacia esa metodología, aplicada al menos por dos fuerzas políticas que reunieron alrededor del 65 por ciento de los votos en los comicios legislativos. 

Cuando el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, intentó justificar aquel proceder, dijo: “Me encantaría que entendamos que el Estado debe asistir a los que lo necesitan. Lo hemos hecho en absoluto silencio desde el primer día”. De esa manera, dio a entender, a título de defensa, que se estaba operando de esta forma desde bastante tiempo antes de que comenzara la campaña proselitista. Lo que no tuvo en cuenta en su explicación fue que uno de los principales cuestionamientos a esta clase de políticas asistencialistas es la falta de transparencia y que el silencio siempre puede despertar las peores sospechas. 

Falta de transparencia e imperio del silencio

Aquí quisiera enfatizar dos cuestiones en las que, a mi juicio, estamos retrocediendo. Esas dos cuestiones son, precisamente, la falta de transparencia y los intentos por silenciar a los que cuestionan. 

Y voy a remitirme a unos pocos ejemplos: 

1) En plena campaña electoral, surgió a través de la prensa el debate acerca de si debía el conjunto de la ciudadanía pagar los costos del empleo del avión Tango 01 o del helicóptero presidencial cuando éstos eran utilizados para trasladar al Presidente, a la primera dama y a su comitiva a actos que formaban parte de la campaña electoral. ¿No deberían correr esos gastos por cuenta del Frente para la Victoria? El tema no es para nada menor. Por un lado, porque el artículo 261 del Código Penal establece severas sanciones –reclusión o prisión de dos a diez años e inhabilitación absoluta perpetua– para “el funcionario que empleare en proyecto propio o de un tercero trabajos o servicios pagados por la administración pública. Por otro lado, el tema no era menor porque en otros países, como los Estados Unidos, funcionarios de alta jerarquía han sido obligados a pagar de su bolsillo llamadas telefónicas realizadas desde la Casa Blanca con fines electorales. Lamentablemente, desde el oficialismo, una vez más, no se dio el ejemplo. Y lo que es más grave, algunos de sus representantes, como la senadora Cristina Fernández de Kirchner, decidió no perder tiempo en explicaciones y se limitó a señalar que, frente a cuestionamientos de esa índole, había que “poner la otra mejilla”. 

2) Los famosos Adelantos del Tesoro de la Nación (ATN), que repartía el gobierno de Carlos Menem a las provincias en función de criterios electorales no desaparecieron. A lo sumo, se transformaron en las partidas presupuestarias que reasigna el actual jefe de Gabinete gracias a los “superpoderes” que le delegó el Congreso de la Nación. Nada se pierde. Todo se transforma. ¿En qué se diferencia el presidente Néstor Kirchner de sus antecesores en esta materia? Probablemente, en que su gobierno hace estos manejos administrativos con un superávit fiscal que seguramente envidiarían sus antecesores. 

3) La nueva ley de coparticipación federal sigue siendo una asignatura pendiente desde la reforma constitucional de 1994, pese a que la Constitución estableció que debía ser sancionada antes de fines de 1996. Del mismo modo, los decretos de necesidad y urgencia continúan fuera de control y hace rato venció el plazo constitucional para crear una comisión parlamentaria que debería reglamentarlos. A nadie parece preocuparle que no se cumpla la Constitución. 

4) Este año se perdió la oportunidad de avanzar en una Ley de Acceso a la Información. Cabe recordar que esta iniciativa había sido aprobada por la Cámara de Diputados el 8 de mayo de 2003. Era un proyecto que tuvo la virtud de haber sido precedido por numerosas consultas con académicos, empresarios, hombres de prensa, organizaciones no gubernamentales y especialistas del extranjero. Pero el 1° de diciembre de 2004, el Senado le introdujo peligrosas modificaciones, tales como la obligación de los ciudadanos de especificar los motivos para solicitar información; el carácter de declaración jurada del formulario que debía completar para acceder a ella; la fijación de aranceles para acceder a la información, entre otras. 

Al respecto, cabe preguntarse, cómo es posible que al día de hoy no podamos conocer los fundamentos de una resolución del juez de Santa Cruz que archivó la causa judicial por la fuga de fondos de esa provincia al exterior. 

Dos conclusiones

Tras analizar todos estos casos, uno puede preguntarse si acaso las cuestiones éticas en la política le importan a la ciudadanía. Si así fuera, ¿por qué se premia a un partido oficialista que ha hecho del clientelismo, de la falta de transparencia y del imperio del silencio prácticas frecuentes? Quizás el problema radique en que buena parte de la sociedad no percibe que la mayoría de los dirigentes que hoy aspiran a liderar la oposición vayan a actuar de manera diferente de quienes hoy nos gobiernan. Podría ser ésa una primera hipótesis. 

Personalmente, adheriría a una segunda hipótesis, sin descartar por eso la primera. Esta segunda hipótesis se vincula con una particular cultura política, basada en una vieja tendencia a preferir liderazgos fuertes, aun con reminiscencias caudillistas y aun cuando sus tentaciones hegemónicas a veces socaven a las propias instituciones. En otras palabras, los argentinos todavía preferimos tener gobernantes fuertes, antes que instituciones sólidas.

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Los tres círculos viciosos de la política

Rosendo Fraga, director del Centro de Estudios Nueva Mayoría, aseguró que a mayor nivel de pobreza hay menor cambio político. Donde hay algún indicio de cambio también nos encontramos con mejores indicadores sociales. Esta fue su ponencia:

La función de la política consiste en articular el hacer colectivo, y esto se observa claramente desde la teoría de la polis, los valores cívicos y el compromiso ciudadano, factores que inevitablemente nos llevan al terreno de lo político.

Es inobjetable que en todo país el cambio se produce desde el Estado, y a su vez, el Estado cambia a través de la acción política. Si bien las Organizaciones No Gubernamentales (ONG´s) y la sociedad civil pueden opinar e influir políticamente, en última instancia, es la acción política la que impulsa el cambio que termina produciendo un impacto en la sociedad. El hecho es que, nos guste o no nos guste, si queremos cambiar la sociedad, no podemos dejar de lado el elemento político. 

Dicho esto, cabe preguntarnos: ¿Qué es lo que está pasando hoy con la política en la Argentina? Para aproximarnos a ello, podemos mencionar tres círculos viciosos que, a mi juicio, han sido confirmados por la elección del 23 de octubre de 2005. El primero es el de pobreza-cambio que conlleva la siguiente premisa: a mayor nivel de pobreza, menor cambio político. En el Chaco, Formosa y Santiago del Estero, el oficialismo local obtuvo aproximadamente el 60% de los votos y ellas tienen los peores índices sociales del país, en términos de necesidades básicas insatisfechas y de nivel de pobreza. 

Por el otro lado, donde sí encontramos algún indicio de cambio político, también nos encontramos con mejores indicadores sociales. Tal es el caso de Santa Fe, aunque debemos mencionar que Rosario posee indicadores sociales, educativos y culturales de un nivel alto que contribuyeron al cambio.

Es así como a peores indicadores sociales, mayor porcentaje obtiene el oficialismo; a mejores indicadores sociales, menor porcentaje obtiene el oficialismo. Esto es absolutamente público y verificable.

Por lo expuesto podemos aducir la existencia de un círculo vicioso que, lamentablemente, en el corto plazo, desincentiva a la política a tomar los riegos de un cambio profundo.

Cambiar, implica tomar riesgos. Y si esos cambios no aseguran un resultado electoral positivo en el corto plazo, el incentivo para tomar los riesgos se reduce. Por lo cual, si no se logra cambiar este círculo vicioso, es muy difícil que se produzca un cambio profundo en la política.

El segundo está ligado a la falta de participación ciudadana en el proceso electoral. En las elecciones del 23 de octubre de 2005 asistimos a la menor participación cívica desde los años treinta. Fue a votar menos del 71 % del padrón aunque el voto es obligatorio. Se registró 7% de voto en blanco y más de un 2 % de voto nulo. El voto positivo por partidos y candidatos fue del 60 %. Se puede decir que es mucho pero también es poco; porque los números igualan los obtenidos en el 2001 y el 2003. Estos datos nos dicen algo, que hay que tener cuidado con la cuestión de la participación. 

La crisis política de los años 2001 y 2002, que acompañó la crisis económico-social más grave de la historia argentina (que aún no se ha superado en el campo social) todavía tiene sin resolver el problema de la representación.

Hay dos datos más confirman lo antedicho. En la Capital Federal, el 85 % de los presidentes de mesa citados no concurrieron a cumplir con su obligación. Esto no pasa en el resto del país, porque a medida que baja el nivel socio-económico y educativo, los presidentes de mesa tienden a cumplir más, y, por el contrario, a medida que sube el nivel socio-económico y educativo, los presidentes de mesa tienden a cumplir menos. 

La razón es muy sencilla: la gente con mayor nivel educativo sabe que no cumplir con esa obligación no implica sanción alguna. Incumplir este tipo de obligación, es impune. El tercer círculo vicioso respecto al funcionamiento de la política conlleva la siguiente premisa: si la política no cambia, menos va a querer la sociedad participar de ella. Y si la sociedad no participa, menos va a cambiar la política.

Teniendo en cuenta el primer círculo vicioso (a mayor nivel de pobreza menos cambio), la gente vota más el status quo. Esto tiene múltiples razones sociales. Entre otras, está el caso de quienes reciben un subsidio, como ha sido el de jefes y jefas de hogar. Si se les preguntase por qué van a votar por el gobierno, seguramente nos encontremos con una respuesta de ésta índole: porque si viene otro, ¿quién me pone en la lista?.

Así de simple se establece, en la pobreza, una marcada tendencia por votar a quien está, porque con quien esté en el gobierno tiene algo, y si se va no sabe cómo llegar para obtenerlo.

En el Gran Buenos Aires podemos fácilmente encontrarnos con un tercio de la ciudadanía sintiendo bronca, un tercio desesperanzado y el restante tercio relativamente optimista. Si nos hallamos, de acuerdo a la segmentación social, con el hecho de que a medida que baja el nivel socioeconómico y educativo, aumenta el porcentaje de los que se sienten con bronca y desilusionados; se puede estimar que un 80 % de sus habitantes se encuentran hoy lisa y llanamente desesperanzados.

Difícilmente se logrará salir de estos círculos viciosos si no se logran cambiar dos temas centrales: el discurso y acción.

Si bien se organizan constantemente seminarios, se brindan vastos discursos y se discuten muchas cuestiones, todavía nos hallamos frente a una enorme incapacidad de acción. Y éste es un problema no menor que tiene que ver con nuestra cultura. Ortega y Gasset, filósofo, sociólogo y católico español, decía que los argentinos eran gente con un gran nivel cultural, que discuten y escriben con argumentos sólidos, pero cuando tienen que resolver problemas concretos, fracasan. 

Hace un año en esta Cátedra Abierta planteé tres cuestiones como casos muy concretos acerca de por qué el país andaba mal. Dije: Primero, tenemos casi el 40% de la población bajo el nivel de pobreza. Hoy tenemos 34% de la población bajo el nivel de pobreza (según los números oficiales), hemos avanzado algo, pero no mucho. Y si bien la economía creció el 9% la pobreza bajó menos.

La pregunta es: ¿Por qué, si la economía creció 9 %, la pobreza baja más lentamente? Si bien la pobreza bajó en referencia a Abril de 2002, cuando había un 54% de pobres, desde hace un año baja menos, y con algunos agravantes. Pero para no ir más lejos, el mismo INDEC nos informa que el 50% de los menores de 14 años están bajo el nivel de pobreza. 

Esto lo planteé hace un año y lo que pude hacer yo para solucionar esto reconozco que fue nada; estuve escribiendo o comentando, pero sin mayor resultado. 

Tomo acá, a modo de ejemplo, una reciente polémica. La diferencia de enfoque del Episcopado y del Gobierno sobre la distribución del ingreso o de la riqueza. No solamente el Episcopado tiene razón en su planteo de una abrupta brecha en la distribución de los mismos, sino que los datos nos demuestran que la situación es peor de lo que dijo.v Antes que nada, hay que diferenciar dos cosas: ingreso y riqueza. Técnicamente, no significan lo mismo, pero explicaré dónde se halla la diferencia. El ingreso se determina mediante una encuesta del INDEC, que considera lo que la gente declara que recibe por ingreso mensual. 

Entonces, uno puede decir que en abril del año 2002, la diferencia entre el 10% más rico y el 10% más pobre estaba en el orden de 44 o 45 a 1 y ahora ronda el 38 o 39 a 1 y, por ende, bajó la desigualdad en materia del ingreso. Pero hay que tener en cuenta que, en abril de 2002, no se estaban pagando subsidios y, en realidad, esta supuesta mejora del ingreso se produjo porque se le agregó el subsidio que todavía se estaba pagando. 

Ahora, en lo que concierne a la riqueza, la diferencia la remarco con el siguiente ejemplo: ¿Cuánto creció el precio de la propiedad inmobiliaria en la Argentina desde el 2002 hasta el día de hoy? El 10% más rico, dueño de grandes propiedades (que era el que ostentaba el 44 o 45 % del ingreso y hoy tiene 38 o 39 %) se enriqueció por el efecto del aumento del valor de la propiedad inmobiliaria que está concentrada, justamente, en el 10% más rico. Esto es riqueza aunque no sea ingreso declarado.

Si se agregan los depósitos argentinos en el exterior (que también es riqueza) surge una contradicción: probablemente la Argentina sea el país más desigual del mundo, en el continente más desigual del mundo. 

Este diagnóstico no es la solución, pero sí es una consideración necesaria para la misma. El 65% de los chicos de la edad primaria no va a poder cumplir con la ley de del año 2002, que establece un mínimo 180 días de clase en la escuela. Eso lo dijimos a fin del año 2004 y en el 2005 se volvió a repetir el mismo fenómeno: entre el 70 y 80 % de los chicos que van a la escuela pública no llegaron a los 180 días de clases, para una escolaridad de sólo cuatro horas por día.

Otro dato que es muy claro y de público conocimiento, fue planteado por el diario La Nación en el mes de abril de 2005. El mismo sostiene que si la Argentina tiene un promedio de 0.7 libro de texto por cada alumno, mientras que Brasil y Chile tienen 4 libros de texto por alumno, - no se trata de Japón o Alemania, sino de países de la región,- vemos que estos países financian 4 libros por alumno y siendo una cifra que representa el 0.03 % del presupuesto nacional. Pero aquí a nadie le interesa promover esto. 

Otro punto para tomar en consideración: somos el país que ostenta el récord de muertos en accidentes de tránsito, con un índice de mortalidad estimado en 10.000 personas por año. Hace un año planteé esta situación de la pobreza, del funcionamiento en la escuela pública -que es la clave a largo plazo para corregir la desigualdad- y de los muertos en accidentes de tránsito. Un año después, el crecimiento económico ya mencionado no ha incidido en la solución de fondo de los tres problemas. 

Hay algo que no está funcionando bien en el país y ese algo es la política. En esto me incluyo. No sólo me refiero a los políticos, sino la dirigencia en su conjunto. La solución depende de la acción de tres sectores o áreas: la política, el empresariado y los intelectuales, incluyendo a los periodistas y los analistas entre ellos.

Entonces, cuando miro los resultados de un año atrás, me siento muy frustrado porque, más allá de plantearlo y escribirlo, no hemos logrado nada en términos concretos. Una gran cantidad de gente tiene buenas intenciones en la Argentina y quiere mejorar las cosas, pero lo que no encontramos son formas operativas para mejorarlas realmente. Y en estos asuntos, la política es la responsable de articular la acción colectiva y reestablecer una interconexión entre los tres vértices del triángulo política, empresariado e intelectuales, como he dicho.

Ahora bien, si los intelectuales y los empresarios van a estar pensando en decir que es lo que le conviene hacer al gobierno de turno, estamos perdidos. Tenemos que asumir un debate de fondo sobre porqué en la Argentina estas cosas no están funcionando y luego llevar esta discusión al campo de la política. Porque si no lo hacemos, es muy difícil que lleguemos cambiar nuestro país.

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Valores cívicos y compromiso ciudadano

El Monseñor Fernando Bargalló, presidente de Cáritas y Obispo de Merlo-Moreno, explicó la distintas dimensiones a las que debe apuntar el compromiso social. En esta página transcribimos su ponencia.

Hablar de compromiso social requiere ubicarse en el contexto en que se habla. No es lo mismo hacerlo en mis barrios, diócesis Merlo-Moreno, en que la gente se siente especialmente marginada, golpeada, herida, ninguneada, que en un contexto de prosperidad. Me pregunto cómo hacer surgir en dichas familias y contextos ese deseo firme de ser protagonistas y de construir la patria en que vivimos, aunque sólo sea la realidad concreta y local del propio barrio. Desconozco cuál es la situación de ustedes, pero seguramente es una posición distinta. El compromiso social surge de reconocerse miembro de una comunidad mayor que la propia familia, matriz en la que uno se cría y crece, y el deseo de transformar la convivencia humana en un orden de mayor equidad, justicia y paz. 

Yo creo que es muy importante revisar siempre cuáles son las motivaciones que impulsan nuestro compromiso social. En la medida en que abrevamos en fuentes mas profundas la consistencia de dicho compromiso será mayor. 

Voy a mencionar rápidamente tres grandes fuentes para la motivación interior del compromiso social de las personas. La primera, es el afecto, la emoción, conmoción o compasión que provocan situaciones de pobreza, de injusticia y que mueven a no querer quedarse de brazos cruzados, sino a brindar un aporte propio en su mitigación. Por ejemplo, la crisis del 2001 fue como el despertador social para muchas personas que vivían tal vez encapsuladas en horizontes muy pequeños y que, al tomar contacto con una realidad muy cercana pero al mismo tiempo muy lejana en el horizonte visual y cordial, descubrieron que no podían quedarse inactivos. De alguna manera esta vibración afectiva rompe esquemas como el “no te metas”, “no se puede hacer nada” o “que cada uno se salve como pueda”. Obviamente tiene un límite grande. Cuando no se ven más situaciones de emergencia la conmoción disminuye. Por ello, cuando entendemos la solidaridad solamente como donación de cosas, como en el caso de la inundación en Santa Fe, al bajar las aguas y “desaparecer” del horizonte visible el problema, decrece la solidaridad. Cuando no se percibe la desnutrición, decrece el aporte alimentario. Este límite no significa que esta fuente de compromiso sea despreciable. Siempre es importante que el corazón sienta, y normalmente siente si ve: “Ojos que no ven, corazones que no sienten”. 

Una segunda fuente de compromiso social es más “ideológica”, en el mejor sentido de la palabra. Me refiero al amor a la patria, al sentido patriótico, al querer ser miembros activos de una comunidad nacional y por tanto constructores de la misma. O también una serie de valores que la persona percibe: la justicia, la equidad, la paz, y que mueven a que uno quiera comprometerse a trabajar por ellos. O también la que brota de una concepción filosófica-antropológica. En este caso, consiste en descubrir que la construcción de la sociedad es una de las obras humanas más excelentes que una persona pueda realizar. Y que el procurarlo no ha de ser una tarea de supererogación para algunos iluminados o vocacionados, sino que es propio de todo ser humano, ya que nacemos, crecemos, nos desarrollamos y alcanzamos la plenitud siempre en relación con otros, buscando el nosotros social. No hay manera de desplegar la potencialidad que está latente en cada uno de nosotros si no ejercitamos la vinculación y relación constante con los demás. Quien se encierra en el individualismo de su propia persona, en un determinado grupo o sector, siempre se empobrece. En la medida que tendemos puentes, nos vinculamos y descubrimos la riqueza de los otros y nos animamos, junto con ellos, en diálogo, concordia y armonía, a buscar un destino común para todos. 

Pero quiero hacer hincapié en una tercera fuente, teológica, que motiva interiormente el compromiso social. Se apoya en una precisa imagen de Dios y de la relación que cada uno de nosotros está llamado a tener con El. Para nosotros, los cristianos, el Concilio Vaticano II ha sido un fuerte llamado de atención en diversos aspectos. Uno de ellos, presente en la declaración “Gaudium et Spes”, consistió en señalar que uno de los más grandes dramas de la fe en este tiempo es su divorcio con la vida. Es decir, que la fe -relación auténtica y misteriosa con Dios- vaya por un lado y la vida personal, social, laboral, etc. vaya por otro. ¿Qué pasa cuando la vivencia religiosa no se integra con la dimensión social comunitaria, con la construcción de un destino con los demás? Evidentemente hay algo que está fallando. Los obispos hace poco decíamos: “no podemos ser peregrinos del cielo si vivimos como fugitivos de la ciudad terrena”.

Creo firmemente que la imagen de Dios que tengamos, y la relación con El que de ella depende, influye enormemente, y nos proporciona, o no, una preciosa fuente para el compromiso social. Por ejemplo, si nuestra imagen de Dios es la de un Dios “apático”, con el cual entramos en sintonía a través de técnicas especiales, orientales o no, de relajación, de respiración profunda, en orden de alcanzar una armonía extática que nos aleja y desentiende de la realidad del tiempo y de la historia... esa imagen de Dios es falsa y podría llevarnos a espiritualidades perversas que admiten, sin ningún cuestionamiento, enormes estructuras de injusticia. Pensemos en el hinduismo, y en las castas admitidas sin más como una especie de armonía de distintas cualidades de personas. Una espiritualidad así es desarmante para la persona y para la sociedad. 

Ubicándome en la tradición judeo cristiana me parece muy importante señalar que la imagen de Dios que descubrimos a partir de la revelación es muy distinta. Nuestro Dios es un Dios “apasionado”, un Dios que no vive en la distancia y desinterés del acontecer histórico y de lo que le sucede a los hombres, sino que se involucra y actúa permanentemente en la historia. 

El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, no es un Dios que vive en “el más allá”, aún cuando siempre está el respeto más absoluto a su trascendencia infinita, sino un Dios que con mano fuerte saca a Israel de Egipto porque ha escuchado la opresión de su pueblo, porque no puede y no quiere quedarse de brazos cruzados. Es un Dios que suscita hombres que, con responsabilidad libre y personal, asuman su proyecto de fraternidad, de justicia, de unidad entre todos los hombres. 

Les leo por ejemplo un pasaje del Profeta Jeremías (Cáp. 22, vs. 13): “Ay del que edifica su casa sin respetar la justicia, y sus pisos altos sin respetar el derecho, del que hace trabajar de balde a su prójimo y no le remunera su trabajo. Ay del que dice me edificaré una casa espaciosa con pisos altos bien aireados, y luego abre ventanas, la recubre de cedro y la pinta de rojo vivo. ¿Eres acaso rey porque ostentas la mejor madera de cedro? Acaso tu padre no comía y bebía pero también practicaba el derecho y la justicia y entonces todo le iba bien. Él juzgaba la causa del pobre y del indigente y entonces todo le iba bien. Eso sí es conocerme. Oráculo del señor”. 

Concluyo: me parece que de la imagen de Dios y de la relación con El que tengamos, podremos obtener una fuente inagotable de compromiso social. Si solo nos apoyamos en nuestras propias visiones y decisiones, no podremos, seguramente, sostenernos en el tiempo, especialmente cuando sobrevenga el desánimo y el sentimiento de fracaso.

El proyecto de un Dios apasionado que busca la justicia y la equidad para todos nos va a mover siempre en esta dirección. Por eso es que a mí me gusta hablar de una espiritualidad “simpática”. En música, una cuerda simpática es la que vibra cuando otra afinada igual que ella es tocada. Si nos ponemos en actitud “simpática”, es decir, si procuramos vibrar al unísono con la pasión de Dios, que va siempre en la línea de la protección y cercanía con los más pequeños, los más pobres, encontraremos como creyentes una fuente preciosa de compromiso social. Ya no dependerá éste de las emociones pasajeras ni tampoco de nosotros mismos sino que nos sumaremos a la corriente de amor que brota de Aquel de donde todo procede y a donde todo se dirige. 

En la historia son tantas las personas que han vivido esta espiritualidad simpática. Pienso en nuestra América Latina. Por ejemplo un Bartolomé de las Casas quien, vibrando interiormente con el proyecto de Dios, decía como máxima de su acción: hemos de aprender a mirar las cosas como si fuésemos indios. Esto supone un desplazamiento geográfico para poder percibir la realidad especialmente desde aquellos que están en la marginación. La Teología de la Liberación decía que hay que aprender a “descentrarnos”, y mirar desde los pobres. Creo que la mirada de Dios va siempre desde el más desprotegido. Ojalá pudiéramos mirar desde los indios, desde los pobres, desde los que están en los márgenes, alentados por esta pasión de Dios que quiere que los otros no sean desconocidos, extraños, sino hermanos de camino. 

Este compromiso social encuentra diversos ámbitos o direcciones. Yo voy a mencionar cuatro, es decir hacia dónde nos conduce la vivencia en nuestra vida del compromiso social. 

Una primera dirección es el servicio a la persona humana, entendiendo por esto la promoción de la dignidad de la persona. Es esta una tarea central. El compromiso social nos lleva a promover la dignidad de toda persona humana reconociéndola como inviolable. Y, en esta tarea, el punto de partida es el compromiso y el esfuerzo por la propia renovación interior. El orden social depende de los actos libres de las personas y sería fantasioso pretender mejorar la sociedad sin mejorarnos nosotros mismos. De manera que todo compromiso por promover la dignidad de cada persona supone la propia renovación interior y desde ella aprenderemos a ejercitar una solicitud por los demás, amados como hermanos. Esto nos va a llevar a todos a un compromiso por sanar las instituciones, las estructuras, las condiciones de vida que son contrarias a la dignidad humana. Obviamente, no alcanza la renovación de cada persona individual. Por ella arrancamos, pero ella nos lleva al saneamiento de todo lo que se opone a la dignificación de las personas. En esto el eje fundamental, lo que sostiene el rumbo de este saneamiento, es afirmar la convicción del derecho inviolable de la vida de cada persona, desde la concepción hasta la muerte natural, el derecho a la libertad de conciencia y la libertad religiosa, la defensa de lo que es el ámbito fundamental en donde la vida humana nace y crece, que es la familia.

Una segunda dirección de los que vivimos el compromiso social sería el servicio a la cultura, entendiendo por cultura obviamente no las obras culturales ni tampoco un saber enciclopédico sino esa matriz vital, animada por valores, de a ratos desanimada por desvalores, en los que los hombres nacemos y crecemos, y a través de la cual nos podemos realizar.

Les leo solamente tres reglones del documento de la Iglesia “Navega mar adentro”, que marca el rumbo de la Iglesia en estos años. Dice así: “en nuestro país la pérdida de los valores que fundan la identidad como pueblo nos sitúa ante el riesgo de la descomposición del tejido social” Algunos de ustedes ya ha escuchado esto o algo parecido. Cuando decimos que nuestro compromiso social pasa a un segundo ámbito, al de la cultura, quiero decir con ello que hemos de proponernos afianzar los valores que fortalezcan la matriz vital en la que crecemos los argentinos y así entonces poder hablar de la cultura del trabajo, del cumplimento de los deberes ciudadanos, del cuidado ecológico y de la preservación y educación para la paz. 

Los valores de fondo que sostienen toda cultura son cuatro: la verdad, la libertad, la justicia y el amor. El compromiso social es una invitación a que podamos acrecentar los valores que animan la realidad cultural de nuestro pueblo, que le dan una identidad; y en ellos creo que se encuentran esos cuatro valores indiscutibles para todos. Tal vez no coincidamos en la verdad acerca de la naturaleza del hombre, de la vida, la familia, de lo que es la sociedad. Sería triste que una sociedad quede sumergida en el agnosticismo con respecto a la verdad y que el diálogo con las personas no busque una verdad, que no es fruto de una determinación de la mayoría sino que es fruto de un hallazgo. Porque la verdad está latente en la realidad de las cosas, de las personas, de las instituciones. La libertad es respetada cuando cada ciudadano puede realizar su vocación personal y cuando cada ciudadano puede rechazar lo que considera negativo. La justicia, las distintas dimensiones de la justicia conmutativa, distributiva, legal, no termina de alcanzarse si no es superada por la misericordia y por el amor. 

Al respecto, vale la pena ver la película “El mercader de Venecia” por la sutileza con que Shakespeare trata justamente el tema de la justicia y la misericordia. Reflexiones sumamente válidas y elocuentes para descubrir cómo este valor hay que defenderlo a rajatabla, ya que en el fondo no termina siendo el definitivo si no está acompañado por la misericordia y la caridad. 

Un tercer aspecto es el servicio a la economía. Aquí nuestro compromiso social supone reafirmar la centralidad de la persona humana; de lo contrario peligra la calidad de la actividad económica y especialmente de quienes tienen algún tipo de responsabilidad como dirigentes. Es necesario analizar y discernir los modelos actuales de desarrollo económico social, hacer un replanteo de la economía. Yo creo que el caracú de la cuestión es cómo armonizar mejor las legítimas exigencias de la eficiencia económica con la participación política y la justicia social.

La cuarta dirección de nuestro compromiso social es el servicio a la política, ya que estamos todos inmersos en la comunidad política. Entiendo por política el arte de trabajar formando un pueblo en donde el bien común prime sobre los bienes particulares y sectoriales. La comunidad política es absolutamente necesaria para lograr el bien de las personas. Sin ella sería inalcanzable.

Menciono al pasar algunos aspectos del compromiso social en este servicio a la comunidad política, algunos principios de la vida ciudadana. Primero, el bien común, cómo aportamos a la construcción del bien común. Segundo, el destino universal de los bienes; esto habla de la equitativa distribución de los bienes desde una mirada teológica ya que Dios crea el mundo para todos y nadie ha de quedar fuera, detrás de la puerta sin poder entrar. En tercer lugar, la subsidiaridad; nuestro compromiso social lleva a reconocer este principio de respeto de las organizaciones e instancias intermedias, de la protección de las mismas para que puedan desarrollar lo que les compete. Cuarto, la participación ciudadana de todos sintiéndonos y sabiéndonos protagonistas. Y quinto, la solidaridad; entendiendo por ella no la reacción emotiva frente a las carencias de los demás sino la firme y decidida determinación de cada uno de trabajar por el bien de todos para que verdaderamente nos sintamos responsables todos de todos.

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