Expirado

Promover una cultura de diálogo y generar políticas de consenso

Esos son dos de los déficits más grandes de la Argentina, según Carlos Custer, ex Secretario General de la Confederación Mundial del Trabajo, miembro del Pontificio Consejo Justicia y Paz del Vaticano y ex embajador argentino en la Santa Sede. La siguiente es su ponencia.

Me voy a referir a lo que creo son dos de los déficits más grandes de la sociedad argentina: la cultura del diálogo y las políticas de consenso, que en nuestro país son dos aspectos negativos de las relaciones políticas, de las relaciones socio-económicas y de las propias estructuras que perfilan nuestra nación.

Sin lugar a dudas ha habido progresos desde la crisis de 2001-2002 en el camino de diálogo, pero ese diálogo aun no se ve institucionalizado ni se ha hecho carne en las estructuras políticas económico-sociales de nuestro país. Creo que este es uno de los aspectos donde hay que insistir mucho; es muy importante promover la cultura del diálogo, escuchar al otro y, más allá de las diferencias, que siempre van a existir -sea ideológicas, de intereses u opciones- tener la capacidad de elaborar políticas de consenso.

En la crisis de 2001 estalló un modelo de sociedad corporativa: la patria sindical, la patria militar, la patria financiera; el modelo de las corporaciones incapaces de poner en común los intereses globales de los argentinos. Y esta crisis, que creo la estamos revirtiendo mucho mejor de lo previsto, con 48 meses de crecimiento ininterrumpido que nos muestran el empuje de una Argentina en transformación, de una Argentina mejor, fue acompañada por instituciones como el Diálogo Argentino, que fue promovido principalmente por las confesiones religiosas: católicos, evangélicos, judíos, musulmanes, etc. Las comunidades animadas por movimientos espirituales son las que alcanzaron a trazar ese camino de diálogo que creo sigue en distintos sectores pero que fue muy importante en la crisis casi terminal de 2001 y 2002.

Pese a lo que pide nuestra Constitución Nacional (particularmente en su art. 14 bis), nosotros no tenemos instancias de diálogo ni de concertación en el campo económico-social. Me refiero a que hay sólo un mecanismo en áreas del Estado que es un organismo de concertación: el Consejo Nacional del Salario Mínimo, Vital y Móvil. Mientras que, paradójicamente, en el ámbito del MERCOSUR, tenemos muchos más mecanismos de concertación, por ejemplo, en el campo económico y social, sindical, empresario o tercer sector, que en la Argentina.

En el MERCOSUR ya existe el Foro Económico y Social, integrado por las grandes entidades empresarias de los países –de la Argentina están la Unión Industrial, la Sociedad Rural, la Asociación de Bancos-, los grandes sindicatos como la CGT y CTA, las asociaciones de consumidores, la Confederación General de Profesionales, etc. Y esto es curioso, ya que hemos avanzado casi 10 años con nuestros pares de Brasil, Paraguay, Chile y Uruguay, pero en nuestro país no tenemos ningún ámbito de este tipo. Así los sindicatos y los empresarios argentinos se encuentran en San Pablo, Asunción, Buenos Aires, Montevideo, etc. para discutir y concertar sobre las políticas económicas y sociales comerciales del MERCOSUR, pero para la Argentina no existe nada parecido.

Entonces, creo que hay que impulsar primero una actitud cultural, una predisposición al diálogo y reconocer que la Argentina, a partir de la dura experiencia de 2001/2002, va haciendo un camino. Además, tenemos que reconocer el gran trabajo que han hecho las confesiones religiosas, que han mostrados signos de gran madurez y capacidad de escucharse y buscar síntesis comunes. Esto que parece tan simple, la voluntad de hacer una síntesis de objetivos comunes pese a las diferencias, es una de las deudas más grandes que tenemos los argentinos con nosotros mismos.

Así como lo han hecho las comunidades religiosas, nosotros deberíamos tener una mayor capacidad de desarrollo de grandes consensos políticos, para construir políticas de Estado que vayan más allá de los diferentes partidos políticos, de gobierno y oposición, y permitan consensuar elementos básicos para el desarrollo, el progreso y la estabilidad de nuestra sociedad.

Para que esto se pueda desarrollar la sociedad civil tiene una enorme responsabilidad. Y la ha tomado. Este Foro Ecuménico Social es un ejemplo, ya que vienen sectores académicos, empresarios, sectores sociales, de distintas confesiones religiosas, a tratar de escucharse y poner en común ciertos análisis y tratar de buscar de qué manera podemos llegar a tener objetivos convergentes.

Por eso me parece tan importante lo que se está haciendo en este Foro, a nivel interconfesional o interreligioso, y eso se tendrá que ir plasmando en conductas y actitudes y, tal vez, en estructuras de la sociedad. No hay dificultad que no pueda superarse con una política adecuada de diálogo y mecanismos de concertación. Por eso, repito, lo que hace el Foro Ecuménico en el ámbito de la sociedad civil, lo que ha hecho el Diálogo Argentino, lo que se hace a nivel de la cultura interreligiosa, etc., lo vamos a tener que ir traduciendo en las conductas políticas y en las propias estructuras del Estado.

A diferencia de lo que sucede en la Argentina, los franceses tenían el “Comisariado General del Plan”, desde marzo de este año 2006 convertido en “Centro de Análisis Estratégico”, al cual toda la sociedad francesa aporta criterios sobre el desarrollo del país. También en España está el Comité Económico y Social, que es prácticamente la tercera institución del Estado. Creo que nuestro esfuerzo tiene que ser, como lo hace el Foro, promover la cultura del diálogo, contrarrestando la patria corporativa, donde cada uno piensa en sus propios intereses, y prevalecen visiones sectoriales antagónicas.

Porque un país no es un montón de gente sobre un montón de tierra; un país tiene un destino compartido y ciertos valores, más allá de los ineludibles conflictos que van a subsistir, producto de las legítimas diferencias. De esta manera se podrá, aprovechando el crecimiento económico de país y más allá de las contingencias y de los gobiernos, ir creando las bases de un plan nacional de desarrollo que pueda contenernos a todos, donde se discuta las políticas pública, nuclear, energética y agraria, el desarrollo industrial, la integración con los países vecinos, la situación de la educación, la infraestructura y la vivienda, entre otros puntos básicos.

Y hay dos temas pendiente fundamentales, que no desarrollaré pero que no puedo dejar de mencionar: la distribución de la riqueza, que es muy injusta en el país, y el tema de la perspectiva del trabajo humano en el contexto de la globalización. No se puede crear una sociedad sólida y democrática en base a la marginalidad y el desempleo.

Expirado

La doble moral de las empresas

Esta es la ponencia de Jorge Etkin, director de la Carrera de Administración de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires y Director Ejecutivo del Instituto de Estudios Tributarios de la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP).

Las empresas, en un entorno cambiante y globalizado en el marco de las llamadas fuerzas de mercado que caracterizan a la lucha competitiva, enfrentan una realidad compleja tanto en lo interno como en lo externo y ello se refleja en sus proyectos y sus procesos de cambio. Esta complejidad tiene que ver con la diversidad de intereses que actúan en la empresa y con las contradicciones entre la búsqueda de resultados financieros y la dimensión humana de la organización. Respecto de la conducción, quiero destacar en forma crítica las dualidades entre la voluntad declarada (discurso) y las decisiones reales de sus directivos. 

Para quien estudia, diseña o dirige una empresa, el hacerlo implica desarrollar procesos constructivos pero también enfrentar reglas de reglas de juego que afectan las relaciones humanas en la organización. La realidad de los mercados lleva a una dirección pragmática, donde los ejecutivos “hacen lo que tienen que hacer” en el sentido de aquello que conviene en cada momento. En el marco de la lucha competitiva el fin justifica los medios, los resultados se piensan en términos económicos y no respecto de la calidad de vida en la organización. Esta praxis muestra la relación problemática entre competitividad y los valores sociales, entre la eficacia y la calidad de vida, entre el ejercicio del poder y la sustentabilidad social de la organización. 

En el marco de esta presentación en la mesa convocada por el Foro Ecuménico, la visión de las organizaciones debe ser es socio-cultural, y en este ámbito corresponde distinguir entre la diferentes fuerzas que operan en las empresas. Ellas pueden diferenciarse entre virtuosas (acorde a valores), viciosas (destructivas) y pragmáticas (eficientistas). Los procesos de dirección y las formas de producción pueden llevar a organizaciones responsables, como también a sistemas inmorales y tecnocráticos. Una primera apreciación que quiero transmitir es que no hay empresas definitivamente buenas, como tampoco malas en todo. Importa el contexto, pero también la actitud y enfoque de los integrantes en sus relaciones y prestaciones. Un desafío para los directivos es cómo lograr objetivos y promover procesos que permitan sobrevivir y crecer a la organización, en medio de realidades inciertas y fuerzas contradictorias. Pensando tanto en resultados como en valores sociales, en los proyectos que se van a sostener desde el poder.

Vistas desde los principios y valores deseables en términos sociales, las empresas son contradictorias; no son semejantes en las formas pero tampoco cuando consideramos la voluntad, la honestidad, la integridad de quienes las conducen. Y esta es una diferencia muy importante, ya que todas las empresas tienen que enfrentar la adversidad en los mercados, donde no hay relaciones fraternales o compromisos confiables, sino adversarios disimulados bajo el nombre de competidores, que luchan por ocupar los espacios que tienen otras empresas.

No solamente hay divergencias internas y adversidad externa, sino que también existe una sostenida presión de los accionistas por obtener resultados crecientes en cada balance y aumentos en el valor de mercado de la empresa. No por una condición egoísta o utilitarista inevitable sino porque la supervivencia de la propia empresa requiere reinvertir los beneficios en forma creciente. Esta presión por los resultados en el corto plazo no es sólo una expresión de un error empresario, sino una necesidad del mundo de los negocios, ya que para sostener una competencia con renovación tecnológica continua y demandas de novedad en la población, es necesario disponer de un poder financiero también creciente.

Y la complejidad empresaria no es una dificultad de índole matemática o de productos sino de consecuencias, porque la acumulación creciente pega de pleno en el centro de los valores éticos. Esta contradicción entre los componentes constructivos, destructivos y pragmáticos (tecnológicos), de la organización afecta la libertad, la igualdad, la justicia, la dignidad del trabajo, la transparencia, la equidad, los derechos humanos. Una realidad que mas allá de los balances y la productividad tiene consecuencias cotidianas y concretas sobre la salud, la educación, el entorno familiar, los derechos de la ciudadanía y otros factores que hacen a la calidad de vida y la condición humana de quienes integran la organización y los grupos con ella relacionados desde el contexto. 

La cuestión de la doble moral consiste en declarar en el discurso ciertos valores y aplicar en la praxis lo contrario: predicar la verdad y mentir en la publicidad; firmar contratos e incumplir con los compromisos, hablar de las relaciones humanas y hacer trabajar a la gente en días de descanso, mencionar la dignidad del trabajo y remunerar el trabajo en forma indigna, hablar de la calidad de los productos y hacerlos pensando solo en el costo, declarar la responsabilidad social y tomarla como forma de mejorar la imagen y encubrir la contaminación ambiental. Hay múltiples ejemplos de esta realidad cruel, esta praxis destructiva que se disimula en el marco de un discurso esperanzador, voluntarista y benevolente. En el fondo, el argumento de “hacemos lo que podemos”, cuando lo cierto es que la empresa “podría más, pero no lo hace” porque privilegia los resultados en el corto plazo. Esta brecha se debe no solo a la mala voluntad o la condición egoísta de quienes conducen, sino a un entorno hostil donde las prácticas desleales son permitidas (las reglas de juego), como también a la falta de proyectos compartidos y la ausencia de políticas de gobierno que sirvan de ejemplo y marquen el rumbo en cuanto a la responsabilidad social. 

La realidad desde la mirada ética es compleja porque se enfrentan procesos duales que llevan a la empresa hacia uno u otro lado, responsable o indiferente. Existe en las empresas la virtud de generar empleo, de satisfacer necesidades, de producir bienes y servicios, de crecer con la reinversión, de desarrollar innovaciones, de promover el cambio. Es también constructivo el aporte de las empresas a través del cumplimiento de sus obligaciones tributarias y contribuciones a los servicios sociales. La forma empresaria tiene bases constructivas, pero el respeto a los valores sociales se hace difícil mantener en un entorno agresivo donde pesan los factores de poder, los intereses de sectores enfrentados y exigencias crecientes en materia de resultados financieros.

La empresa es el espacio donde el trabajador debería realizar sus esperanzas y desarrollarse profesional y personalmente. Pero su vida laboral en un entorno de lucha competitiva, se ve agredida por las exigencias de producción creciente, la trama de relaciones autoritarias, el temor al desempleo en un contexto de desocupación, con remuneraciones inequitativas más ajustadas a intereses del poder que a las capacidades de los integrantes. No hablo de imperfecciones o de coyuntura, no son imperfecciones o marginalidades. Se trata de condiciones estructurales que vienen de una visión puramente económica de las empresas bajo el argumento de supervivencia del más fuerte. Condición estructural que no es la única o inevitable pero desde el poder se adopta como racionalidad dominante, como pensamiento hegemónico. 

Hay distintas formas de responder a esta realidad indeseable, enfrentar a la doble moral, a estas contradicciones o dualidades que enferman, que discriminan, que persiguen, que someten. Podemos mencionar los avances desde la reforma en los procesos productivos para humanizarlos, aún cuando esos procesos estén más preocupados por los rendimientos que por la calidad de vida en la organización. Aún así, son positivos los proyectos de cambios que introducen razonabilidad social en las relaciones productivas, cuando mejoran la motivación al mismo tiempo que las condiciones de trabajo. Creo que son más sustantivos los planteos de revisión en la visión de la empresa, la discusión sobre la sustentabilidad de la organización en el tiempo, los acuerdos entre los actores que van a darle a la empresa creatividad y crecimiento como proyecto compartido y no desde la mirada vigilante de los directivos. 

Pienso que el primer paso de una empresa que intenta ser responsable y no solo utilitaria, que enfrenta una realidad que no ha promovido y tampoco sabe cómo enfocar, es salir de la Gerencia o Dirección por resultados y caminar en el sentido de la llamada Gerencia Social. Es un cambio de enfoque en la gestión, un cambio de visión sobre qué es una empresa, que es vista como una organización social (una fuente de empleo y servicios) en lugar de ser una mera forma de producción en beneficio de un grupo propietario. Es pasar del concepto de la eficiencia o la eficacia, al concepto de la gobernabilidad, pensando en la sustentabilidad y la inserción social en un contexto que plantea sus legítimas demandas. 

Un paso fundamental es definir una voluntad política de cambiar, es decir que la primera mirada es hacia los acuerdos de base y el mapa de poder participado. Se requiere una voluntad explícita de los factores que sustentan la organización, viéndolos no como una jerarquía sino como grupos necesarios, elementos constitutivos, factores de cambio. Me refiero en un sentido amplio a las fuentes de decisión, influencia y poder, como accionistas, financistas, acreedores, grupos de clientes, asociaciones gremiales, organismos de regulación, asociados, instituciones del medio relacionadas. Si la idea es una organización sustentable cuya propia dinámica la lleve al crecimiento un camino es la integridad en lugar de la lucha interna y las presiones desde la dominación. 

¿Por qué habría de ser así? ¿Cuál es la factibilidad del proyecto? La idea desde los valores es que exista una convicción sobre la producción asociada a los principios de equidad y responsabilidad. Convicción derivada de la necesidad de creatividad sin controles o represión. Porque las empresas se agotan si no hay voluntad de cambio y todo es lucha. Y este cambio en un entorno turbulento requiere de la voluntad de los actores, que no se logra por la fuerza en un marco de injusticias o exigencias inhumanas. La organización para crecer necesita legitimarse en el contexto, instalar un pacto implícito con la población antes que las falsas imágenes que son de corto alcance y requieren fuertes inversiones. 

No se trata de reemplazar un interés por otro, sino de argumentos fundados en el crecimiento de todos bajo condiciones de dignidad. Son razones, no solo ilusiones. Sobre todo considerando el énfasis que los propios enfoques empresariales están dando a las ideas de capital humano, gestión del conocimiento y capital social. ¿Cómo podrían darse desde los abusos del poder y la inequidad laboral? Y estas no son contradicciones teóricas, son dualidades que afectan la continuidad de la organización. ¿Cuánto tiempo puede durar una organización destinando recursos escasos al control, la represión, la uniformidad, el orden jerárquico? El cambio de sentido en la inversión de estos recursos, para destinarlos a una estrategia de capital social es una alternativa inteligente y responsable. Puede sostenerse en los hechos, responde a necesidades concretas, potencia a la empresa, saliendo del plano de lo puramente retórico camino a la motivación y compromiso con proyectos compartidos. 

Superada esta instancia del planteo doctrinario, complicada por los intereses en juego, lo que sigue es construir (no imponer) una serie de capacidades y mecanismos que vienen a complementar el acuerdo y refieren por ejemplo a los procesos de educación y participación. Las empresas no suelen ser lugares donde se eduquen éticamente a los integrantes, ya que todo el tiempo de los directivos se lo lleva la problemática de los recursos, la eficacia y la productividad. Entonces, el camino que estoy mencionando parte de una voluntad política participativa, de la apertura de los espacios de poder, y del logro de ciertos acuerdos de base sobre los objetivos compartidos. Luego es necesario instalar una forma cultural y una pauta de convivencia que, a través de la educación y el ejemplo, estén orientadas hacia la asociatividad, el trabajo en equipo y otras formas de colaboración, antes que la confrontación o el individualismo egoísta. 

Los programas de educación y toma de conciencia sobre la necesidad y participación en la Gerencia Social son la lógica continuación de una intención política de cambiar las cosas. Otros procesos de la reforma empresaria refieren a la necesidad de construir y legitimar mecanismos de apelación y de justicia. Esto porque las empresas utilitarias o pragmáticas, suelen utilizar a los jefes también como jueces de sus decisiones autoritarias y esto no es aceptable en el marco de un proyecto compartido y sustentable. Hay luego de la voluntad política, de los acuerdos de base, de la educación, de los mecanismos de justicia, otro paso que es el de la transparencia. Con sus aplicaciones internas y externas. No puede ser que sólo dos o tres personas, y sólo ellas, conozcan el futuro de cantidades de personas que están viviendo de la relación laboral en la empresa. No solo como información técnica o rendición de cuentas sino para permitir el diálogo y aunar criterios, para integrar opiniones valiosas. En el plano externo no deben ocultarse a los ciudadanos que la sostienen con sus inversiones y sus transacciones, la información real sobre el estado y su funcionamiento de la organización, sobre el cumplimiento de sus propósitos como institución social. 

Finalmente me gustaría mencionar la importancia de establecer reglas de juego claras y equitativas que suelen expresarse a través de los llamados códigos de ética, no como forma de regimentar conductas sino como manifestación de compromisos debatidos y compartidos. En su preparación se abre una instancia de diálogo muy constructiva sobre la integridad de la organización y los comportamientos individuales. Y la relación de la empresa con su contexto, las formas de concretar esta interacción social. El código pone de manifiesto la voluntad política que he señalado como básica en el proceso de revalorización de la empresa. Y cuyo cumplimiento se relaciona con la instrumentación de los dispositivos de justicia antes mencionados. 

En apretada síntesis he intentado señalar cuales son los problemas éticos en las empresas pragmáticas, y sus deficiencias de orden estructural. Y los procesos de cambio necesarios y posibles, con sus argumentos y el sincero propósito de renovarlas y convertirlas en empresas socialmente responsables. No es esta la versión de una posición voluntarista sino que intenta ser una expresión de una inteligencia ética que viene a superar las contradicciones de las formas de gestión que son destructivas por sus fallas de lógica o de sustentabilidad. Finalmente, agradezco al Foro Ecuménico Social por la invitación y haberme permitido expresar estas ideas en el marco de respeto y libertad que requiere todo pensamiento constructivo.

Expirado

La responsabilidad social en Argentina

Sergio Bergman, Rabino de la Congregación Israelita de la República Argentina y presidente de la Fundación Judaica, sostuvo que la Argentina, no tiene problemas económicos o políticos, sino un profundo problema cultural que tiene que ver con la crisis de valores.

Empresa 

Voy a tratar, en una síntesis, de hacer una apertura sobre algunos conceptos relacionados con el contexto que estamos viviendo, no lo que sería la Empresa con responsabilidad social tomando como referencia a los Empresarios o a una utilidad económica, sino la consideración de nuestro País, la Argentina, como una Empresa con Responsabilidad Social.

En este aspecto, creo que no es conveniente que el término empresario, empresa o el verbo clave que es el que instituye esa capacidad, emprendedor, esté restringido sólo a la definición formal de la Empresa como una actividad en lo económico.

En la medida en que podemos tomar este término de la empresa, como una dimensión universal que nos atraviesa a todos por igual, cuando somos capaces de tomar una iniciativa y asumir el potencial de desplegar el ser en el hacer, nos transformamos, entonces, todos en emprendedores; sea en una actividad económica, en una actividad cultural, en una actividad social. Es necesario para construir y hacer un país, que todos nos asumamos ser empresarios, en el término propuesto.

El potencial de emprender pone de manifiesto nuestra capacidad humana, porque eso es de hecho lo que vinimos a hacer, no vinimos sólo a trabajar y a producir, vinimos a devenir para trascender. 

Justamente, en el campo en el que uno quiere vivir y ser un emprendedor, no es necesariamente el campo en el que está trabajando; a algunos le coincide ser emprendedores en el trabajo, pero no necesariamente la acción emprendedora se restringe al trabajo.

Si cada uno de los argentinos encontramos un lugar para ser empresarios, entonces, la calidad de vida de la sociedad que constituimos cambia, porque se evita la polarización del empresario como Empresa, como polo de desarrollo de lo económico de una Sociedad que gira alrededor de uno de los valores centrales, pero no esenciales, donde se termina haciendo idolatría de la economía.

El país, la Argentina, no tiene problemas económicos o políticos. Lo político o lo económico son indicadores de un profundo problema cultural que tiene que ver con la crisis de valores. No, valores nominales.

Valores desplegados en acciones, porque los valores tienen que ver con lo que nosotros valoramos y hacemos valer.

Recuerden que durante más de una década, el único valor sustentable, central, mutante de la cultura de nuestra sociedad, fue un peso, un dólar.

A partir de ese axioma se organizaron un montón de conceptos que tienen que ver con el valor, parecía sólo una variable económica o que organizaba una economía y sin embargo, organizó nuestro mercado de valores, que no tiene que ver con lo que cotiza en Bolsa, sino lo que somos capaces de hacer, nosotros, cuando no podemos sostener los Valores.



Responsabilidad 

La segunda dimensión tiene que ver con responsabilidad.

Si todos nosotros somos emprendedores, tenemos responsabilidades.

La responsabilidad cambia la dimensión de la obligación como impuesto o impuesta por coerción, por premio o castigo a una acción que está basada en asumir, en responsabilidad, que debemos dar respuesta.

Responsabilidad es como responsa o sentirse interrogado, por ejemplo por el lugar, por la situación que vive; uno está interpelado por lo que sucede, donde nada de lo que ocurre le es ajeno; te pregunta, y si te pregunta, respondés. Esto vale para todas las tradiciones.

En la tradición judía, estamos en tiempos donde este punto es muy importante. Estos son los días en que nos preparamos para renovar el año, período de reflexión, de teshuvá, que significa responder. 

No hay otra manera de responder al afuera que no sea volviendo sobre nosotros mismos, para saber de dónde venimos, dónde estamos y dónde queremos ir.

No podemos responder al afuera sin antes proveer desde adentro una energía, una visión y una convicción, en la que, uno, involucra su ser en la respuesta.

No es una respuesta intelectual o nominal, no es un trabajo editorial de lo que se tiene que hacer; es un compromiso personal, uno es la respuesta porque en lo que responde, se involucra, se compromete; no es un opinador, es un hacedor. 

En esta dimensión de la responsabilidad como despliegue de respuestas concretas y cotidianas, nos damos el margen de lo humano, de la equivocación, porque de esa equivocación de la respuesta no se juzga la eficiencia sino la vocación de querer responder y no decir lo que otro tiene que hacer, anulando así toda perspectiva mesiánica de que alguien nos va a arreglar los problemas o alguien es el que tiene éxito o es condenado al fracaso. 

Responsabilidad que tiene que ver que cuando las cosas están mal, no las vamos a resolver catárticamente con una cacerola.

Responsabilidad significa, no que se vayan todos sino que se queden los buenos; porque el pedido “que se vayan todos” no es responsable, nos asegura que se queden todos para siempre. Responsabilidad, son acciones concretas en las cuales uno dice: yo pongo mi ser en respuesta, en posición de respuesta y acepto que todo drama y toda bendición de mi acontecer son preguntas donde soy llamado a responder. 

Siempre es mejor equivocarse en la respuesta que no responder.

Siempre es mejor involucrarse, aun, sin saber para qué en términos de la eficiencia o de la eficacia, pero no obviar que sin responder uno no llega a ser; porque si uno no se involucra, entonces no es. 

La dimensión fundante del valor de la acción que moviliza a la responsabilidad es el amor; uno responde por amor; la única manera que tenemos de darle sentido al tiempo que es la bendición de tener vida, es amar. 

Por amor vinimos al mundo y por ese amor es que no nos vamos... aunque partimos.

Entonces, cuando uno responde a otro es un acto genuino de amor. No me refiero a contestar. Contestar tiene que ver con sentir que a uno lo interpelan para confrontar. 

Responder es un acto amoroso de dar; la respuesta es una ofrenda. Responder, ofrendar, no es el saber intelectual sino el ser espiritual y emocional de que uno se pone a disposición cuando responde.

Este es un punto central ya que la generosidad, el compromiso, la vocación, el hacer con el otro son pactos de amor; sobre el amor se sostiene todo: la verdad, la justicia y la paz, que, según la tradición judía, son los tres pilares sobre los que el mundo está sostenido. 

Todas las religiones afirmamos exactamente lo mismo, por que justamente Dios es único, Dios es padre, entonces –nosotros- somos hermanos y somos familia. 

Una familia se sostiene sobre valores, los valores humanos, que no son propiedad de nadie sino desafío de todos.

Los valores son universales y la manera de desplegarlos son particulares.



Social 

El concepto que quiero tratar ahora es lo social.

¿Qué es lo social? ¿Cómo somos como país? Una Empresa con Responsabilidad Social, entendiendo que el último término es el primero, porque lo social es lo que nos constituye como humanos. 

Nosotros no somos seres naturales, no somos sólo mamíferos sofisticados; somos seres sociales y culturales. Cuando hablo de la cultura me refiero a cultura como trabajo, como hacer, no como arte o el lugar adonde uno va hacer cultura en el ocio o esparcimiento para alimentar el espíritu. 

La cultura es nuestra acción humana, es el trabajo que nosotros podemos incluir en la modificación del tiempo, que la vida nos da, para dejar una marca, una huella y una trascendencia.

Esa cultura es el tejido de un Pacto Social. Nosotros somos dadores de sentido en el pacto. La figura de pacto, en la tradición judía, -en general en todas pero particularmente en la judía-es fundante.

La Torah, la ley, es un pacto. Nosotros somos hijos de esa Ley porque pactamos con ella. Es muy importante el pacto para constituir lo social, porque no hay Sociedad sin sostener el pacto.

Lo social es desplegar un pacto con un socio, y si uno con el otro se hace socio constituye sociedad. Cuando nosotros decimos “la sociedad argentina” la vemos como si fuera un producto terminado, como una cosa objeto de estudio, crítica, análisis.

Pero la sociedad se va haciendo en el pacto en el que nos hacemos socios, por lo tanto tenemos que responder como emprendedores que vamos desplegando el país y, con responsabilidad porque nos sentimos interpelados porque lo que nos pasa a todos. 

¿Cuál es el principio de pactar con mi ciudadano para que seamos socios? 

Porque si somos socios con el vecino tendremos sociedad, de otra forma tenemos una dispersión atomizada de corporaciones aisladas que buscan su propio interés, porque no están emprendiendo sino que están consumiendo, depredando y tomando para sí, por lo tanto no tienen responsabilidad, ya que no se sienten interpelados por ninguna otra cosa que no sea su propio interés, sin un acto de ofrendar nada, ni amoroso ni reparador, ni cívico ni solidario, tomo todo del otro para mí y si puedo después reparto.

Por último, esta idea de que el pacto está regulado, justamente, por la Ley. Para la Tradición de Israel es la Torah, para la Sociedad es la Constitución Nacional. Nosotros pactamos que esos son los valores fundantes que nos constituyen como Nación. Tenemos una Constitución en Valores de la Nación Argentina. 

Cuando nos olvidamos, simplemente, la palabra en valores, lo que cae es la motivación de emprender y la dimensión de responsabilidad porque somos responsables por esos valores, y nos transformamos en espectadores, en analistas y críticos, de, ni más ni menos, el país que somos –no del que hacen otros- del que hacemos nosotros, por acciones u omisiones. 

Restituir entre nosotros la dimensión de lo sagrado 

¿Cómo hacemos que ese pacto que nos hace sociedad se haga sagrado entre nosotros? Sagrado, no en referencia a una intervención de Dios en nosotros; la palabra sagrado no es mirar al cielo, lo sagrado pasa acá en la tierra, cuando traemos el cielo, cuando nosotros tenemos una dimensión cultural en la que hacemos un espacio entre nosotros, como sociedad con pacto social, con responsabilidad, con ofrenda amorosa, cuando podemos emprender la empresa humana de traer entre nosotros lo divino; es repatriar del exilio al que confinamos a Dios, a que viva entre nosotros. Por lo tanto no le pedimos a Él que haga, sino que lo invitamos a que conviva y sea socio de nuestro quehacer, como emprendedores responsables y sociales del país que aún nos debemos.

Si Dios está entre nosotros entonces, todos, volvemos a restituir esta dimensión de que la sociedad ya no es solamente sociedad. La Sociedad se hace Comunidad, y tenemos una Común Unidad, en los valores, en Dios y entre los hombres. Entonces seremos, definitivamente, no sólo bendecidos, como somos los argentinos, sino que –Él- estará en la obra de nuestras manos. No hay que preguntar tanto dónde está Dios en lo que nos pasa, Él nos interpela: ¿dónde está el hombre?

Vinimos a emprender, a responder y a construir su casa y su reino entre nosotros.

Expirado

La experiencia argentina en las crisis financieras

Miguel Angel Pesce, vicepresidente del Banco Central de la República Argentina señaló que vale la pena repasar las circunstancias de la crisis del año 2001, para no repetir errores.

Cuando me propusieron la charla estaba relacionada con la confianza en el sistema financiero. A mí me pareció más interesante centrar las ideas que voy a conversar con ustedes en la confianza y la moneda, porque la Argentina ha tenido en este aspecto avatares muy importantes.

Para introducir el tema, voy a utilizar unas palabras que pronunció Martin Wolf, periodista del Financial Times, en un homenaje que se hizo a Otmar Issing, uno de los pilares del Banco Central Europeo y, anteriormente, uno de los pilares del Banco Central Alemán. En esa reunión, donde se estaba retirando Ottmar Issing, le pidieron a Martin Wolf que hablara sobre cómo veía a los bancos centrales. Y el dijo que iba a hacer cinco citas, y las adjetivó. Yo voy a usar sólo dos de ellas, a la que adjetivó como “profunda” y a la que adjetivó como “humorística”. En la que adjetivó como “profunda”, él decía que la moneda es un instrumento para la protección de la libertad, pertenece a la misma clase que las constituciones y las cartas de derecho. Y en la “humorística”, él utilizó una cita de Samuelson, que citaba a su vez a un cómico americano que se llama Will Rogers, él decía que había tres grandes inventos desde el origen de los tiempos: el fuego, la rueda, y el banco central.

Yo no creo que los bancos centrales puedan ponerse a la par de esos descubrimientos, pero sí creo que la moneda es un gran invento. La moneda ha cumplido un rol fundamental en la superación de limitaciones al desarrollo que se le han presentado a la humanidad en distintas etapas históricas contribuyendo a la libertad y el progreso. El desarrollo económico ha encontrado distintos límites: límites estructurales, límites en las estructuras económicas, en la disponibilidad de recursos, y también límites institucionales. La gran capacidad que ha tenido la humanidad, y recientemente el capitalismo, es la de poder superar sucesivamente esos escollos.

Desde que los seres humanos descubrimos que la especialización nos permitía aumentar la productividad, que el control de la naturaleza nos permitía producir más bienes de los que necesitábamos para nuestra propia subsistencia, se nos presentó el desafío del intercambio. Si nos especializábamos para producir mejor, necesitábamos algún mecanismo para intercambiar los bienes. Si uno iba a producir zapatos y otro iba a producir pan había que encontrar el mecanismo para que ambos se intercambiaran. Ahí apareció el mercado, y cuando la producción se diversifica mucho, no sólo es necesario el mercado, sino que es necesaria la moneda; un instrumento que permita realizar estos intercambios, más allá del valor de uso que tenga cada uno de los bienes.

El primer modo que encontramos de solucionar este problema que planteaba la economía de mercado fue utilizar alguna mercancía que tuviera valor en sí misma, y el característico en esto fueron los metales, en especial el oro y la plata. Anteriormente, en América latina se habían utilizado el cacao y otro tipo de productos para permitir el intercambio.

¿Qué era lo que se le exigía a esa mercancía que servía para producir el intercambio? Se le exigía que fuera manuable, de fácil transporte, de fácil conteo, y que también tuviera un valor que fuera estable. Y este valor estable se lo daba su condición de escasez. Era difícil que el oro produjera grandes variaciones en su valor, por la propia escasez del metal.

Y así funcionó la economía, se atravesaron numerosas crisis y el oro siguió siendo el gran instrumento de transacción monetaria, se lo ayudó con el papel moneda, para facilitar las transacciones. Sin embargo, empezó a aparecer una limitación muy importante, que era la propia escasez del oro para poder efectuar todas las transacciones que debían ser realizadas. Luego de la segunda pos guerra, se dio la circunstancia de que la economía mundial crecía aceleradamente, y que cada vez había menos metal para poder responder a las transacciones que se necesitaban. Allí, en medio de una fuerte crisis que se dio en el paradigma de crecimiento de la economía mundial de los años '70, se pone en evidencia que los elementos básicos del crecimiento, como era el petróleo, o la abundancia de mano de obra eran limitados y que el oro no podía ya servir más como el respaldo monetario básico. Es allí donde al General De Gaulle se le ocurre intentar cambiar las reservas en dólares que tenía el Banco de Francia. Los Estados Unidos responden a la demanda de Francia e inmediatamente termina la convertibilidad del oro por el dólar.

A su vez empieza a ponerse en evidencia un fenómeno muy interesante: ya el valor de las cosas, o la relación del valor de las cosas con la moneda, no tiene que ver con su reflejo contra el valor de otra mercancía, sino que aparece un nuevo elemento que tenemos que tener en cuenta. Como siempre, los economistas encontramos un recurso para salvar el problema. Si uno revisa la ecuación clásica, la ecuación de Cambridge sobre oferta monetaria, en realidad, en ningún lado de esa ecuación figuraba el valor del oro. De un lado de la ecuación tenemos los precios y las transacciones, y del otro lado de la ecuación tenemos la velocidad de circulación de la moneda, y el stock de moneda. No existía esta mercancía que media el valor de las cosas.

Ahora, a la vez que la ecuación clásica tornaba a tener un mayor sentido es cuando nosotros la estamos abandonando. La mayoría de los bancos centrales hoy han abandonado el seguimiento de su política monetaria a través del seguimiento de los agregados monetarios, y utilizan otros parámetros, fundamentalmente, la inflación. Y utilizan otros instrumentos para accionar sobre ellos, como es la tasa de interés.

Lo que esto ha puesto en evidencia es que, en realidad, la moneda es un gran acuerdo social. Detrás de la moneda hay un acuerdo social. Y ese acuerdo social tiene, por un lado, un elemento básico, que es una relación de precios relativos, y por otro lado, tiene una relación básica de distribución del ingreso, entre sectores y entre factores. Si una sociedad alcanza un acuerdo básico de precios relativos, un acuerdo básico de distribución del ingreso, tiene confianza en su moneda y no se presentan en ella procesos inflacionarios.

¿Ahora, qué requiere este acuerdo de precios relativos y este acuerdo de ingresos? Requiere que sea sustentable ante la economía real y aceptable socialmente. El cuadro de precios relativos es una decisión, o de mercado (que se toma a través del tanteo), o del Estado (a través de una decisión política). Ahora ese acuerdo debe ser convalidado productivamente. Puede ser que el set de precios relativos resultante involucre niveles salariales bajos, niveles de pobreza altos, niveles de inversión que sean insuficientes para sostener el nivel de ingresos.

Tiene que ser sustentable y también tiene que ser aceptable. Hay sociedades, en las cuales los trabajadores están dispuestos a aceptar niveles de salarios más bajos que en otras, hay empresarios dispuestos a recibir en distintas economías niveles de ganancias distintos. Así que ahí hay un juego de estabilidad y de niveles de sustentabilidad del acuerdo que se refleja a través de la moneda y de la inflación.

¿Cómo podemos verificar que este acuerdo esta funcionando? Lo podemos verificar a través de la inflación y lo podemos verificar, a través de una segunda prueba, que es cuando las personas están dispuestas a atesorar en la moneda nacional. Si la gente esta dispuesta a atesorar en la moneda nacional, eso quiere decir que hay confianza en el acuerdo de precios relativos y en la distribución del ingreso, y que nadie espera que la moneda tenga grandes variaciones, entonces puede servir como reserva de valor. El otro elemento que también sirve para medir la confianza, una prueba “ácida” con respecto a ella o el acuerdo de precios, es que la demanda especulativa de dinero se haga en la propia moneda nacional. Cuando la gente desconfía de las inversiones financieras, no recurre a activos externos, sino que recurre a la propia moneda como reserva de valor.

En este acuerdo que significa la moneda, el Estado tiene un rol central aún en una economía estrictamente de mercado. Ahora ha pasado un poco de moda, pero en los años ‘90 estaba en boga hablar de la economía de mercado y la libertad de mercado, que había que dejar que funcionaran los mercados. Sin embargo, todos estábamos muy pendientes de la reunión del Comité de Política Monetaria de la Reserva Federal para ver si el señor Greenspan, y los demás miembros del Comité de Política Monetaria de la Reserva Federal, decidían o no cambiar la tasa de interés. Entonces en esa economía tan liberal, tan globalizada, tan dependiente de los mercados, tan confiada en los mercados, todos estábamos pendientes de una decisión política de un buró en los Estados Unidos.

Esto no es malo, creo que esto es positivo, el Estado tiene algo que decir en este acuerdo que es la moneda. Tiene que haber instrumentos con los cuales el Estado pueda actuar, para que cuando la aceptabilidad de este acuerdo que es la moneda, o la sustentabilidad de la moneda se pone en riesgo. En este punto hay un elemento básico que hace a la confianza. En términos económicos la confianza tiene diversos aspectos pero el fundamental es capacidad de crecimiento de la producción. La profundidad de la crisis argentina del año 2001 tuvo que ver con que la gente, los agentes económicos, las familias, habían perdido la confianza en que la economía podía crecer.

En Estados Unidos, que tiene una larga experiencia en regulación monetaria, la carta orgánica la Reserva Federal no sólo tienen como objetivo la estabilidad de precios, sino que tiene también como objetivo el nivel de empleo. Entonces tenemos que contar con una institución que, como un regulador público, actúe en la economía para garantizar el acuerdo que subyace a la moneda. Y garantizarlo en dos momentos: en el momento en que empieza a resquebrajarse porque la inflación se dispara, y en el momento en que la recesión puede poner en cuestionamiento el acuerdo monetario. Y allí la vemos a la Reserva Federal con el doble objetivo y actuando en ambos sentidos. Ellos han tomado como instrumento fundamental el control de las tasas de corto plazo. Así vemos a la Reserva, por un lado, bajando las tasas, no fuertemente porque este es un elemento importante que hace a la confianza, que es la previsibilidad de los organismos monetarios. Pero la Reserva Federal cuando detecta que la economía americana corre el riesgo de caer en un proceso recesivo, reduce la tasa de interés. Cuando registran el proceso inverso, y que puede darse un proceso inflacionario, la tasa de interés es subida paulatinamente.

El otro gran actor monetario en la escena mundial, que es el Banco Central Europeo (BCE), está siguiendo el mismo criterio. Tiene la misma lógica básica que la Reserva Federal. Como Europa confía que el crecimiento se da por el propio impulso de la economía, ponen más la vista en la inflación y no en el crecimiento económico. Es cierto también que Estados Unidos es una economía más cerrada, y el propio impulso de su mercado es el que permite el crecimiento. En el caso de Europa, descansa también en sus exportaciones como un aliciente al crecimiento económico.

En nuestro país, el Banco Central no esta utilizando exclusivamente la tasa de interés como instrumento de política monetaria. El plan monetario del Banco Central está definido por una trayectoria de expansión de los agregados monetarios, hasta el año pasado era la base monetaria y ahora es el M2. El Banco Central de la Republica Argentina tampoco ha adoptado un criterio general, que se da en Europa y en otras economías incluso de Latinoamérica, de tener un objetivo de inflación en su política monetaria. Esto tiene que ver con la crisis del año 2001. La crisis del año 2001 ha sido tan profunda, el ajuste de precios relativos ha sido tan grande que la economía argentina no puede en el largo plazo sostenerse con esta distribución del ingreso y con este nivel de precios relativos.

El otro punto es que, en el caso de la Argentina, por la profundidad de la crisis del año 2001, hay que tener en vista cuál podría ser la perspectiva de largo plazo de los precios relativos básicos de nuestra economía, y no la de corto plazo. El mercado tiende a generar grandes fluctuaciones antes de alcanzar un set de precios de equilibrio de largo plazo. En estas fluctuaciones se darían señales equivocas a quienes tienen que tomar decisiones de inversión y de consumo.

Vale la pena repasar las circunstancias de la crisis del ano 2001, para no volver a repetir errores. Una de las causales de la crisis del ano 2001 es que la argentina creyó (o los argentinos creímos) que no era necesario contar con una institución pública que actuara en el mercado monetario ni que existiera mercado cambiario. Lo que ocurrió es que en los 90 los precios relativos y la correspondiente distribución del ingreso no eran sustentable. Pero tampoco teníamos ningún instrumento para poder contrarrestarla. La recesión empieza en el segundo semestre del ‘98 y termina en el segundo semestre del año 2002. No podía ser que el Estado no reaccionara ante una economía que tenía desempleo creciente, y que había alcanzado niveles absolutamente desconocidos. Tuvimos 18 puntos de desocupación a mediados del año ‘94 y, luego de una pequeña recuperación, llegamos a alcanzar niveles del 15%, en una economía que estaba en recesión y que no tenía ninguna señal de recuperación. Esto provoca frustración en quienes tienen que tomar decisiones de inversión, esto provoca caída de los recursos tributarios, incobrabilidad de los préstamos que tienen otorgados los bancos, etc. Este camino sólo puede conducir a un proceso de crisis. Si no se tienen los instrumentos necesarios para contrarrestarlo, se termina como se terminó en el año 2001.

Para finalizar quiero decir que la Argentina siempre ha sido una de las plataformas productivas con mayor potencial, nuestra disposición de recursos naturales y de recursos humanos es extraordinaria. La performance de la Argentina en cualquier circunstancia adversa de la economía mundial tendría que haber sido mejor que cualquier otra, y en los procesos de crecimiento también debería haber sido mejor que en cualquier otra. Con lo que nos encontramos es que la Argentina siempre ha tenido rendimientos peores que los demás países en la etapa de crecimiento, y siempre ha sido más aguda en las caídas, en los momentos recesivos. Podemos dar algunas excepciones por ejemplo en la pos guerra, pero esta ha sido la regla general.

Si tenemos una plataforma productiva con el potencial como la que tenemos, y si tenemos recursos humanos como los que tenemos, nuestros problemas son nuestras conductas e instituciones. El gran debate que se tiene que dar en nuestro país es para corregir las conductas y las instituciones y evitar una nueva frustración y que la esperanza de crecimiento que hemos tenido en los últimos tres años pueda ser sustentable en el tiempo.

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CÁTEDRA ABIERTA DE RESPONSABILIDAD SOCIAL Y CIUDADANA