Expirado
Reflexiones Cátedras

Nuevos mecanismos de consenso social para definir un modelo de país

Carlos Custer, miembro del Pontificio Consejo Justicia y Paz del Vaticano, ex embajador de la Argentina en el Vaticano, sindicalista, fue

secretario general de la Confederación Mundial del Trabajo, habló en la cátedra del Foro. A continuación transcribimos su exposición: 

Voy a hablar de la falta de ética que es la fractura social que atraviesa nuestra sociedad, señalando la falsa y la errónea concepción de la globalización. El Papa Juan Pablo Segundo lo ha dicho muy bien: “la globalización no es ni buena ni mala, todo depende para qué se utilice”. Lo que hemos asistido en el último tiempo ha ayudado a aumentar las desigualdades y a proyectar esa fractura de nuestras sociedades, particularmente en el caso argentino. Compramos una suerte de discurso sobre una falsa globalización que nos iba a traer todas las ventajas, los progresos y nos iba a ubicar en un lugar privilegiado en el concierto mundial, y no nos dimos cuenta que esa globalización entrega un mensaje engañoso cuya única finalidad es servir a intereses ni siquiera económicos, ni siquiera comerciales, sino fundamentalmente financieros. 

No quiero excluir las responsabilidades de los argentinos, porque tenemos esa mala costumbre de echar la culpa siempre a los factores externos. Pero este fenómeno de la globalización y todo lo que conlleva como línea de relación económica, social y política, ha sido realmente una expresión de un enorme fracaso. Nadie puede oponerse a un mundo cada vez más integrado. El sueño es la aldea global. Pero la globalización que se pretendía imponer no tenía en cuenta para nada no solo la ética sino las cuestiones sociales, el problema del trabajo, las relaciones de injusticia, el comercio, etc. 

Fue un mensaje muy falso, porque en nombre de la globalización se obligó a los países de menor desarrollo a abrir totalmente su economía. Se dio la libre y absoluta libertad a los flujos de capitales internacionales. Se trató de imponer una economía que no hizo nada más que concentrar la riqueza y empujar a la pobreza a la mayoría de la población mundial. 

La internacionalización nadie puede negar que ha aportado frutos positivos en cuanto al conocimiento humano, la interrelación, el intercambio de tecnología. Pero esta globalización que conllevaba un mensaje ideológico y económico fue el fracaso de los ‘90. Ese fracaso no nos tiene que dejar que en el aislamiento. Nosotros podemos tener una salida si se retoma una visión económica a nivel internacional, regional y nacional donde el trabajo humano ocupe un lugar preponderante. Juan Pablo II nos decía en la Academia de Ciencias Sociales del Vaticano que el problema central hoy del mundo es encontrar una solución al trabajo humano. Si la sociedad y los modelos económicos no son capaces de encontrar una solución al trabajo humano, hay que cambiar la sociedad y hay que cambiar los modelos económicos. Porque lo esencial no es cómo acumulamos riquezas sino cómo el ser humano se desarrolla. Y uno de los elementos fundamentales de su desarrollo es su capacidad, su derecho, su obligación de trabajar y de concurrir con los otros seres humanos a la construcción de la sociedad común. 

Hoy los grandes sectores populares y sociales de la sociedad argentina no van a aceptar que se estabilice una sociedad en donde ellos sean marginados. Y me parece muy bien. Yo no veo que se estabilice una sociedad democrática con cinco millones de desocupados. Y esto me hace acordar que uno iba a Sudáfrica y se encontraba con un grado de desarrollo mayor que la Argentina; autopistas, shoppings, etc, cuando acá todavía no los teníamos. ¿Cuál era el secreto? Cinco millones de blancos vivían como reyes y veintiocho millones de negros vivían como esclavos. Eso no se soportaba. 

La Argentina estuvo, o está, lamentablemente, sufriendo esa suerte de apartheid, no del color sino social. Entonces nosotros tenemos que asumir que cualquier solución política, económica, tiene que poner en el centro la cuestión del trabajo. Juan Pablo II, y no por citarlo demasiado, lo dice con claridad: la sociedad tiene que repensar una nueva forma de armonización política, económica y social que ponga al trabajo humano como centro de la sociedad. Esto todavía no sucede en nuestro país. 

En los ‘90 se produjo una enorme transferencia de recursos de los países pobres, de los países del sur, hacia los países del norte. Tengo un amigo que es rector de la Academia Pontificia de Ciencias, donde durante mucho tiempo discutíamos el tema de la globalización, y en ese ámbito muchos economistas decían que esa era la realidad económica, que no había alternativa; era la teoría del “chorreo”. Nosotros podemos hablar de la extraordinaria transferencia de recursos de los países pobres a los países ricos. Y esa transferencia se hace a través de la injusticia del comercio, la apertura de la economía de los pobres, y el proteccionismo de los países desarrollados. El proteccionismo de los países industrializados tendría que dar vergüenza. Ahora se corre el peligro de que lo que nosotros aspiramos en el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea sea la continuidad de las políticas proteccionistas. Los europeos quieren que nosotros abramos los mercados, que abramos las compras gubernamentales y las empresas extranjeras puedan competir en igualdad de posiciones con las empresas nacionales, que puedan tener acceso a todos los servicios, comunicaciones, finanzas, bancos, seguro, transportes, etc., pero la política agraria no se puede tocar, porque ellos tienen sus argumentos de que “tenemos que defender el paisaje, tenemos que defender la seguridad alimentaria, tenemos que defender la existencia de los sectores agrícolas”. 

Tenemos que ir a una mundialización con otro tipo de reglas y donde más bien la prioridad y la preferencia la tengan los países subdesarrollados. Nosotros no vamos a progresar nada en un mundo que corre peligro de convertirse cada vez en un mundo violento. 

También en la Argentina tenemos una estructura de una enorme injusticia en cuanto a la distribución de la riqueza, en cuanto a la política fiscal. El IVA sigue siendo la parte más sustantiva de la contribución fiscal y es un problema serio porque lo pagan los ricos en la misma proporción que los pobres, cuando una equitativa política fiscal tendría que implicar un mayor esfuerzo de los sectores que tienen mejores recursos, y una comprensión hacia los sectores de menores recursos. Acá todavía tenemos una distorsión muy grande que esperemos que cambie. 

En el orden social tenemos que buscar economías competitivas que promuevan el trabajo genuino y que esa justa remuneración del trabajo permita aumentar la demanda para que también permita aumentar la producción. 

La tragedia es la distribución de la riqueza. Esto lo decía el presidente de Chile, abriendo la Conferencia Mundial sobre el Desarrollo Social de las Naciones Unidas. El mundo tiene una enorme capacidad de generar riquezas; lo que demuestra es una absoluta discapacidad de la justicia para distribuirla. Y hoy hay que buscar con creatividad estos nuevos mecanismos. No podemos dejar que las fuerzas del mercado resuelvan el problema, porque el mercado se mueve en función de sus conveniencias y de sus intereses. No se mueve en función de satisfacer las necesidades sociales, ni la urgencia de la demanda de trabajo. 

Tenemos que pensar una nueva economía donde hay tres elementos claves: el mercado, el Estado y lo que yo llamo la nueva economía social. Este conglomerado, este acuerdo mercado-Estado-sociedad, es fundamental, con nuevos mecanismos de consenso social. 

Un país no sale adelante solo con la voluntad de un buen gobierno, sino si sabe convocar a los sectores políticos, a los grandes actores económicos y sociales, a los empresarios, los sindicatos, los sectores técnicos, culturales, académicos, etc. 

¿Cómo buscar estos elementos de consenso? Debemos promover en definitiva lo que siempre hemos hablado: ¿cuál es nuestro modelo de país, nuestro perfil industrial? ¿Qué vamos a hacer con la política minera, la política pesquera, la política forestal? ¿Qué es todo lo que nosotros queremos invertir con nuestro programa en ciencia, tecnología, en investigación? ¿dónde esta nuestra educación?. Es decir, plantear estas propuestas. Y a través de políticas de consenso, ir definiendo un programa de desarrollo, un plan concreto. Debemos buscar las grandes coordenadas que nos permitan realmente superar esta suerte de fractura que tenemos en términos sociales, que es la pobreza, la marginalidad, los chicos que se mueren por desnutrición a 30 kilómetros de Buenos Aires. Este es nuestro gran desafío. 

En el orden internacional debemos hacer una nueva convocatoria. Creo fundamentalmente en los procesos de integración. Si nosotros no nos integramos no tenemos destino. Creo que Argentina a pesar de su potencial precisa integrarse. Y creo que hemos hecho un progreso –soy relativamente optimista. Hace veinticinco años nuestra hipótesis de guerra eran Brasil y Chile. Hoy más allá de algunas diferencias y dificultades, estamos subidos en el mismo barco. Entonces esta fractura que tenemos que superar desde el punto de vista nacional, también la podemos superar desde el punto de vista internacional a través de los procesos de integración. Que no es solo la integración económica, el problema aduanero, arancelario. Es la integración de los pueblos, la integración social y cultural

CÁTEDRA ABIERTA DE RESPONSABILIDAD SOCIAL Y CIUDADANA