Expirado

Valores cívicos y compromiso ciudadano

El Monseñor Fernando Bargalló, presidente de Cáritas y Obispo de Merlo-Moreno, explicó la distintas dimensiones a las que debe apuntar el compromiso social. En esta página transcribimos su ponencia.

Hablar de compromiso social requiere ubicarse en el contexto en que se habla. No es lo mismo hacerlo en mis barrios, diócesis Merlo-Moreno, en que la gente se siente especialmente marginada, golpeada, herida, ninguneada, que en un contexto de prosperidad. Me pregunto cómo hacer surgir en dichas familias y contextos ese deseo firme de ser protagonistas y de construir la patria en que vivimos, aunque sólo sea la realidad concreta y local del propio barrio. Desconozco cuál es la situación de ustedes, pero seguramente es una posición distinta. El compromiso social surge de reconocerse miembro de una comunidad mayor que la propia familia, matriz en la que uno se cría y crece, y el deseo de transformar la convivencia humana en un orden de mayor equidad, justicia y paz. 

Yo creo que es muy importante revisar siempre cuáles son las motivaciones que impulsan nuestro compromiso social. En la medida en que abrevamos en fuentes mas profundas la consistencia de dicho compromiso será mayor. 

Voy a mencionar rápidamente tres grandes fuentes para la motivación interior del compromiso social de las personas. La primera, es el afecto, la emoción, conmoción o compasión que provocan situaciones de pobreza, de injusticia y que mueven a no querer quedarse de brazos cruzados, sino a brindar un aporte propio en su mitigación. Por ejemplo, la crisis del 2001 fue como el despertador social para muchas personas que vivían tal vez encapsuladas en horizontes muy pequeños y que, al tomar contacto con una realidad muy cercana pero al mismo tiempo muy lejana en el horizonte visual y cordial, descubrieron que no podían quedarse inactivos. De alguna manera esta vibración afectiva rompe esquemas como el “no te metas”, “no se puede hacer nada” o “que cada uno se salve como pueda”. Obviamente tiene un límite grande. Cuando no se ven más situaciones de emergencia la conmoción disminuye. Por ello, cuando entendemos la solidaridad solamente como donación de cosas, como en el caso de la inundación en Santa Fe, al bajar las aguas y “desaparecer” del horizonte visible el problema, decrece la solidaridad. Cuando no se percibe la desnutrición, decrece el aporte alimentario. Este límite no significa que esta fuente de compromiso sea despreciable. Siempre es importante que el corazón sienta, y normalmente siente si ve: “Ojos que no ven, corazones que no sienten”. 

Una segunda fuente de compromiso social es más “ideológica”, en el mejor sentido de la palabra. Me refiero al amor a la patria, al sentido patriótico, al querer ser miembros activos de una comunidad nacional y por tanto constructores de la misma. O también una serie de valores que la persona percibe: la justicia, la equidad, la paz, y que mueven a que uno quiera comprometerse a trabajar por ellos. O también la que brota de una concepción filosófica-antropológica. En este caso, consiste en descubrir que la construcción de la sociedad es una de las obras humanas más excelentes que una persona pueda realizar. Y que el procurarlo no ha de ser una tarea de supererogación para algunos iluminados o vocacionados, sino que es propio de todo ser humano, ya que nacemos, crecemos, nos desarrollamos y alcanzamos la plenitud siempre en relación con otros, buscando el nosotros social. No hay manera de desplegar la potencialidad que está latente en cada uno de nosotros si no ejercitamos la vinculación y relación constante con los demás. Quien se encierra en el individualismo de su propia persona, en un determinado grupo o sector, siempre se empobrece. En la medida que tendemos puentes, nos vinculamos y descubrimos la riqueza de los otros y nos animamos, junto con ellos, en diálogo, concordia y armonía, a buscar un destino común para todos. 

Pero quiero hacer hincapié en una tercera fuente, teológica, que motiva interiormente el compromiso social. Se apoya en una precisa imagen de Dios y de la relación que cada uno de nosotros está llamado a tener con El. Para nosotros, los cristianos, el Concilio Vaticano II ha sido un fuerte llamado de atención en diversos aspectos. Uno de ellos, presente en la declaración “Gaudium et Spes”, consistió en señalar que uno de los más grandes dramas de la fe en este tiempo es su divorcio con la vida. Es decir, que la fe -relación auténtica y misteriosa con Dios- vaya por un lado y la vida personal, social, laboral, etc. vaya por otro. ¿Qué pasa cuando la vivencia religiosa no se integra con la dimensión social comunitaria, con la construcción de un destino con los demás? Evidentemente hay algo que está fallando. Los obispos hace poco decíamos: “no podemos ser peregrinos del cielo si vivimos como fugitivos de la ciudad terrena”.

Creo firmemente que la imagen de Dios que tengamos, y la relación con El que de ella depende, influye enormemente, y nos proporciona, o no, una preciosa fuente para el compromiso social. Por ejemplo, si nuestra imagen de Dios es la de un Dios “apático”, con el cual entramos en sintonía a través de técnicas especiales, orientales o no, de relajación, de respiración profunda, en orden de alcanzar una armonía extática que nos aleja y desentiende de la realidad del tiempo y de la historia... esa imagen de Dios es falsa y podría llevarnos a espiritualidades perversas que admiten, sin ningún cuestionamiento, enormes estructuras de injusticia. Pensemos en el hinduismo, y en las castas admitidas sin más como una especie de armonía de distintas cualidades de personas. Una espiritualidad así es desarmante para la persona y para la sociedad. 

Ubicándome en la tradición judeo cristiana me parece muy importante señalar que la imagen de Dios que descubrimos a partir de la revelación es muy distinta. Nuestro Dios es un Dios “apasionado”, un Dios que no vive en la distancia y desinterés del acontecer histórico y de lo que le sucede a los hombres, sino que se involucra y actúa permanentemente en la historia. 

El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, no es un Dios que vive en “el más allá”, aún cuando siempre está el respeto más absoluto a su trascendencia infinita, sino un Dios que con mano fuerte saca a Israel de Egipto porque ha escuchado la opresión de su pueblo, porque no puede y no quiere quedarse de brazos cruzados. Es un Dios que suscita hombres que, con responsabilidad libre y personal, asuman su proyecto de fraternidad, de justicia, de unidad entre todos los hombres. 

Les leo por ejemplo un pasaje del Profeta Jeremías (Cáp. 22, vs. 13): “Ay del que edifica su casa sin respetar la justicia, y sus pisos altos sin respetar el derecho, del que hace trabajar de balde a su prójimo y no le remunera su trabajo. Ay del que dice me edificaré una casa espaciosa con pisos altos bien aireados, y luego abre ventanas, la recubre de cedro y la pinta de rojo vivo. ¿Eres acaso rey porque ostentas la mejor madera de cedro? Acaso tu padre no comía y bebía pero también practicaba el derecho y la justicia y entonces todo le iba bien. Él juzgaba la causa del pobre y del indigente y entonces todo le iba bien. Eso sí es conocerme. Oráculo del señor”. 

Concluyo: me parece que de la imagen de Dios y de la relación con El que tengamos, podremos obtener una fuente inagotable de compromiso social. Si solo nos apoyamos en nuestras propias visiones y decisiones, no podremos, seguramente, sostenernos en el tiempo, especialmente cuando sobrevenga el desánimo y el sentimiento de fracaso.

El proyecto de un Dios apasionado que busca la justicia y la equidad para todos nos va a mover siempre en esta dirección. Por eso es que a mí me gusta hablar de una espiritualidad “simpática”. En música, una cuerda simpática es la que vibra cuando otra afinada igual que ella es tocada. Si nos ponemos en actitud “simpática”, es decir, si procuramos vibrar al unísono con la pasión de Dios, que va siempre en la línea de la protección y cercanía con los más pequeños, los más pobres, encontraremos como creyentes una fuente preciosa de compromiso social. Ya no dependerá éste de las emociones pasajeras ni tampoco de nosotros mismos sino que nos sumaremos a la corriente de amor que brota de Aquel de donde todo procede y a donde todo se dirige. 

En la historia son tantas las personas que han vivido esta espiritualidad simpática. Pienso en nuestra América Latina. Por ejemplo un Bartolomé de las Casas quien, vibrando interiormente con el proyecto de Dios, decía como máxima de su acción: hemos de aprender a mirar las cosas como si fuésemos indios. Esto supone un desplazamiento geográfico para poder percibir la realidad especialmente desde aquellos que están en la marginación. La Teología de la Liberación decía que hay que aprender a “descentrarnos”, y mirar desde los pobres. Creo que la mirada de Dios va siempre desde el más desprotegido. Ojalá pudiéramos mirar desde los indios, desde los pobres, desde los que están en los márgenes, alentados por esta pasión de Dios que quiere que los otros no sean desconocidos, extraños, sino hermanos de camino. 

Este compromiso social encuentra diversos ámbitos o direcciones. Yo voy a mencionar cuatro, es decir hacia dónde nos conduce la vivencia en nuestra vida del compromiso social. 

Una primera dirección es el servicio a la persona humana, entendiendo por esto la promoción de la dignidad de la persona. Es esta una tarea central. El compromiso social nos lleva a promover la dignidad de toda persona humana reconociéndola como inviolable. Y, en esta tarea, el punto de partida es el compromiso y el esfuerzo por la propia renovación interior. El orden social depende de los actos libres de las personas y sería fantasioso pretender mejorar la sociedad sin mejorarnos nosotros mismos. De manera que todo compromiso por promover la dignidad de cada persona supone la propia renovación interior y desde ella aprenderemos a ejercitar una solicitud por los demás, amados como hermanos. Esto nos va a llevar a todos a un compromiso por sanar las instituciones, las estructuras, las condiciones de vida que son contrarias a la dignidad humana. Obviamente, no alcanza la renovación de cada persona individual. Por ella arrancamos, pero ella nos lleva al saneamiento de todo lo que se opone a la dignificación de las personas. En esto el eje fundamental, lo que sostiene el rumbo de este saneamiento, es afirmar la convicción del derecho inviolable de la vida de cada persona, desde la concepción hasta la muerte natural, el derecho a la libertad de conciencia y la libertad religiosa, la defensa de lo que es el ámbito fundamental en donde la vida humana nace y crece, que es la familia.

Una segunda dirección de los que vivimos el compromiso social sería el servicio a la cultura, entendiendo por cultura obviamente no las obras culturales ni tampoco un saber enciclopédico sino esa matriz vital, animada por valores, de a ratos desanimada por desvalores, en los que los hombres nacemos y crecemos, y a través de la cual nos podemos realizar.

Les leo solamente tres reglones del documento de la Iglesia “Navega mar adentro”, que marca el rumbo de la Iglesia en estos años. Dice así: “en nuestro país la pérdida de los valores que fundan la identidad como pueblo nos sitúa ante el riesgo de la descomposición del tejido social” Algunos de ustedes ya ha escuchado esto o algo parecido. Cuando decimos que nuestro compromiso social pasa a un segundo ámbito, al de la cultura, quiero decir con ello que hemos de proponernos afianzar los valores que fortalezcan la matriz vital en la que crecemos los argentinos y así entonces poder hablar de la cultura del trabajo, del cumplimento de los deberes ciudadanos, del cuidado ecológico y de la preservación y educación para la paz. 

Los valores de fondo que sostienen toda cultura son cuatro: la verdad, la libertad, la justicia y el amor. El compromiso social es una invitación a que podamos acrecentar los valores que animan la realidad cultural de nuestro pueblo, que le dan una identidad; y en ellos creo que se encuentran esos cuatro valores indiscutibles para todos. Tal vez no coincidamos en la verdad acerca de la naturaleza del hombre, de la vida, la familia, de lo que es la sociedad. Sería triste que una sociedad quede sumergida en el agnosticismo con respecto a la verdad y que el diálogo con las personas no busque una verdad, que no es fruto de una determinación de la mayoría sino que es fruto de un hallazgo. Porque la verdad está latente en la realidad de las cosas, de las personas, de las instituciones. La libertad es respetada cuando cada ciudadano puede realizar su vocación personal y cuando cada ciudadano puede rechazar lo que considera negativo. La justicia, las distintas dimensiones de la justicia conmutativa, distributiva, legal, no termina de alcanzarse si no es superada por la misericordia y por el amor. 

Al respecto, vale la pena ver la película “El mercader de Venecia” por la sutileza con que Shakespeare trata justamente el tema de la justicia y la misericordia. Reflexiones sumamente válidas y elocuentes para descubrir cómo este valor hay que defenderlo a rajatabla, ya que en el fondo no termina siendo el definitivo si no está acompañado por la misericordia y la caridad. 

Un tercer aspecto es el servicio a la economía. Aquí nuestro compromiso social supone reafirmar la centralidad de la persona humana; de lo contrario peligra la calidad de la actividad económica y especialmente de quienes tienen algún tipo de responsabilidad como dirigentes. Es necesario analizar y discernir los modelos actuales de desarrollo económico social, hacer un replanteo de la economía. Yo creo que el caracú de la cuestión es cómo armonizar mejor las legítimas exigencias de la eficiencia económica con la participación política y la justicia social.

La cuarta dirección de nuestro compromiso social es el servicio a la política, ya que estamos todos inmersos en la comunidad política. Entiendo por política el arte de trabajar formando un pueblo en donde el bien común prime sobre los bienes particulares y sectoriales. La comunidad política es absolutamente necesaria para lograr el bien de las personas. Sin ella sería inalcanzable.

Menciono al pasar algunos aspectos del compromiso social en este servicio a la comunidad política, algunos principios de la vida ciudadana. Primero, el bien común, cómo aportamos a la construcción del bien común. Segundo, el destino universal de los bienes; esto habla de la equitativa distribución de los bienes desde una mirada teológica ya que Dios crea el mundo para todos y nadie ha de quedar fuera, detrás de la puerta sin poder entrar. En tercer lugar, la subsidiaridad; nuestro compromiso social lleva a reconocer este principio de respeto de las organizaciones e instancias intermedias, de la protección de las mismas para que puedan desarrollar lo que les compete. Cuarto, la participación ciudadana de todos sintiéndonos y sabiéndonos protagonistas. Y quinto, la solidaridad; entendiendo por ella no la reacción emotiva frente a las carencias de los demás sino la firme y decidida determinación de cada uno de trabajar por el bien de todos para que verdaderamente nos sintamos responsables todos de todos.

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Creatividad para que todos accedan a un trabajo digno

El Pastor Federico Schäfer, presidente de la Iglesia Evangélica del Río de la Plata, propuso medidas para la creación de lugares de trabajo y el fomento de la pequeña empresa y de micro emprendimientos, al presentar la sesión de la Cátedra Abierta.

Al presentar la 3ª sesión de la Cátedra Abierta sobre Responsabilidad Social y Ciudadana 2003 me referí brevemente a los fundamentos de la ética cristiana en relación a la responsabilidad social y ciudadana desde el punto de vista de la teología protestante. El año pasado al presentar la 4ª sesión de esta cátedra, enfaticé en el proceso de aprendizaje en el que nos debíamos involucrar al querer poner en práctica la responsabilidad social y ciudadana, y al diálogo al que debíamos concurrir todos los actores de la sociedad aportando cada uno desde su especialidad sus conocimientos y experiencias, en aras de construir una sociedad en la que todos pudiéramos sentirnos bien. En esa oportunidad mencioné también la necesidad de valorar el trabajo humano y creativo más allá de su rédito económico en el contexto de la maximización de las ganancias como móvil de la economía. 

Si nos remitimos a las primeras páginas de las Escrituras, el trabajo pareciera ser puramente castigo impuesto por un Dios justiciero. No vamos a negar que el trabajo implica esfuerzos y penurias, no sólo el trabajo corporal. No significa que a través del trabajo siempre tengamos la oportunidad de realizarnos como personas. El trabajo significa, sin duda, disciplina, cumplir horarios, levantarse temprano, hacer muchas veces lo que no nos gusta realizar. Aún en trabajos que realizamos por vocación, que hemos elegido porque nos gustan, hay facetas menos interesantes y tediosas. El trabajo puede incluir riesgos y hasta daños para la salud, etc. De aquí surgió la justificación por milenios de la esclavitud y el desprecio de los trabajadores encargados de tareas sucias y desagradables. 

De las páginas del Nuevo Testamento, sin embargo, nos anoticiamos de que Dios no es un patrón justiciero (si leemos con atención el Antiguo Testamento, vamos a encontrar también allí la misericordia de Dios). Sino un padre misericordioso, que quiere que los humanos tengamos una vida digna y que el trabajo no es más ni menos que la realización de una adecuada mayordomía de la creación, para que podamos sustentarnos de la riqueza que esa creación nos brinda. 

Cuando en presentaciones anteriores hablábamos de la responsabilidad que (al menos como cristianos) tenemos por el otro, por la sociedad en la que estamos colocados, el trabajo se convierte en un servicio al semejante, a la sociedad. El trabajo honesto es así un aporte al bien común y tiene por ello una dignidad especial: La dignidad de realizar lo necesario para el sustento del propio individuo y su familia y no ser un lastre para el conjunto y la dignidad de contribuir al bienestar del semejante y toda la sociedad. En este sentido el trabajo dignifica a la persona humana. Y es por ello que en tiempos modernos podemos hablar de que el acceso a trabajo es un derecho humano. 

La falta de trabajo para todos y todas, lo cual a esta altura de la civilización se ha convertido en un problema global, por el contrario -más que una bendición por eso de que el trabajo es un castigo- es un despropósito. Le quita la dignidad a las personas; y vemos a diario la degradación que esto produce, no sólo en personas aisladas, sino en franjas enteras de nuestras sociedades. En la primera generación empieza con depresiones, vergüenza, abandono del hogar, miseria y suicidio. En la segunda generación continúa con rotura de la cadena de transferencia de conocimientos mínimos, hambre, delincuencia y desprecio por la propia vida. Ante la falta de recursos para sustentar la vida se pierden los valores imprescindibles para una convivencia en paz y asistimos al "vale todo", a la venta de los propios cuerpos, a la ignorancia total para desenvolverse en la vida, el no poder pensar en el mañana, la exclusión de la sociedad. 

La falta de acceso a la educación que conlleva esta situación hace, obviamente, muy difícil la reinserción en la sociedad y en el proceso laboral. No hay conocimientos mínimos para servirse a sí mismo y menos para contribuir desde sí mismo al conjunto. Esto hace necesario que desde afuera de la situación del individuo o del grupo afectado sea menester ayudar -seguramente con mucho esfuerzo y tenacidad y desde todos los sectores de la sociedad- para revertir este proceso de degradación. Seguramente que esta situación no se arregla a base de discursos demagógicos y metodologías clientelistas. Muchas veces tampoco a base de puro voluntarismo, por mejor que este sea intencionado. El trabajo voluntario de muchas personas para paliar y revertir este problema merece elogio, pero también es necesaria la intervención profesional y la aplicación de conocimientos específicos. 

Sé que con esto no digo nada nuevo. Pero será necesario redoblar esfuerzos de parte de todos los actores de la sociedad que vemos el problema y somos conscientes de nuestra responsabilidad por esos excluidos, que también son seres humanos a los que Dios confirió dignidad, para lograr su reinserción en la sociedad. Medidas para la creación de lugares de trabajo deberán ir de la mano con medidas pedagógicas y educacionales; el fomento de la pequeña empresa y de micro emprendimientos necesita ser acompañado de formación en saberes y artesanías elementales y no tan elementales. 

Pero además de ello, habrá que encarar políticas que impidan la sobreexplotación de unos trabajadores a expensas de la desocupación de otros; la posibilidad de lograr jornadas de trabajo más cortas para una mejor distribución del trabajo de cara a la mecanización y automatización; el estudio de nuevas formas de imputación de cargas sociales para que esto sea posible y políticas impositivas que favorezcan la inversión productiva en desmedro de la inversión puramente especulativa, etc. 

Mucha creatividad, inventiva y fantasía será necesaria para lograr que todos los miembros de nuestras sociedades puedan acceder nuevamente a un trabajo digno y poder sustentarse con dignidad. Pero entiendo que para discutir posibilidades en esta línea es que creamos este foro. Dios quiera que nuestras ponencias y debates no sean en vano, no sean expresión de un mero hobby académico, sino que ayuden por un lado a crear conciencia y sensibilidad para el problema y por el otro a difundir conocimientos específicos para resolverlo, aunque más no sea en parte.

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La inserción de los jóvenes en el mercado laboral

Norberto Lovaglio es vicepresidente Regional en el Cono Sur de Sudamérica de DHL Express, a cargo 7 países (Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Perú y Ecuador). Esta fue su ponencia:

Les hablaré sobre el proyecto de DHL, una compañía alemana propiedad de Deutsche Post, el operador logístico más importante del mundo. DHL, presente en 226 países, es una compañía donde trabajan más de 250 mil personas.

Dentro de ese universo, me toca dirigir las operaciones en 7 países de Sudamérica. Me referiré al proyecto de la compañía en materia de compromiso con el mundo interno y con el externo, con la población interna y con la población externa.

Estoy convencido de que hay una crisis a nivel institucional, pero cuando se enuncian las instituciones críticas, muchas veces se deja afuera de ese listado a la institución empresa. Creo que hay un reto para empresarios y directivos de empresas para empezar a acercarse a la realidad de una manera distinta. Es por eso que en nuestra organización -que, sin ninguna duda, persigue fines de lucro- entendemos que hay una complementariedad absoluta en lo que es el beneficio económico de la organización con el beneficio económico de sus participantes y el desarrollo en conjunto de la comunidad.

En función a eso hemos desarrollado una serie de planes, entre ellos uno vinculado con el desarrollo de los jóvenes.

Para nosotros la educación es el eje más crítico y más débil de la herencia de los últimos quince años de crisis y, principalmente, de los últimos 5 años. Creemos que no hemos hecho todos aún el ejercicio de imaginarnos a la Argentina del 2020, cuando los chicos que hoy tienen cinco años tengan quince, con sus falencias en materia educativa.

Esa es una de las amenazas más importantes, en un país que siempre se jactó de desarrollar el intelecto de su población de manera distinta de la de sus vecinos. Y la parte del intelecto que debemos desarrollar es la que implica desafiarnos a nosotros mismos y pensar en el futuro. Por eso nosotros tratamos de mostrar a nuestra gente, a su núcleo familiar y a otros círculos sociales que rodean ese núcleo, que otro país es posible, en la medida que nos dispongamos a hacer las cosas necesarias para lograrlo.

Dentro de la empresa creemos que debemos agregar valor social, al mismo tiempo que generamos valor económico. Para eso es muy importante el marco corporativo. Por ejemplo, para nosotros es un orgullo que dentro de los siete valores corporativos, uno de ellos sea el de reconocer nuestra responsabilidad y actuar en consecuencia. Este ha sido un cambio que la compañía ha hecho en un proceso muy serio, donde redefinió sus valores e incorporó el tema de la Responsabilidad Social.

Este cambio involucró una gran movida cultural, que ha provocado que toda la organización, del primer al último integrante, empezara a considerar tan importante el tema de la responsabilidad social como el de su responsabilidad para generar valor económico.

El criterio que fundamenta esos principios es la coherencia entre el comportamiento y la ejecución hacia afuera y hacia adentro. De nada sirve hablar de Responsabilidad Social Empresaria y hacer acciones en el exterior de nuestra organización, si no empezamos por el interior de la misma. La primera responsabilidad que tenemos como empresarios es hacer crecer a los individuos que trabajan en nuestra organización. Esto no desmerece todas las acciones que uno pueda hacer con entidades que lo necesitan más que nadie en este momento.

Por otro lado hay un principio muy fuerte que es el de la participación. Si uno logra impulsar este tipo de acciones dentro del grupo humano que integra la sociedad y, a su vez, ese grupo humano se compromete voluntariamente, se genera una sinergia muy positiva, muy fuerte, que hace que la participación se multiplique.

Nuestra expectativa es que, una vez cubiertas las demandas del círculo interno, se generen acciones que trasciendan a la propia empresa. Intentamos impactar no sólo sobre los empleados sino también sobre sus familiares directos y, progresivamente, sobre el barrio, sobre la ciudad, etc. Ese es el proceso que estamos haciendo desde hace cuatro años.

Nosotros creemos que podemos contribuir a cambiar la realidad de nuestro grupo humano y, a partir de ahí, derramar y generar acciones que empiecen a impactar en la comunidad que nos rodea. Por eso lo que hicimos en el `99 fue poner el foco en el negocio, para luego ponerlo en el empleado, después en las familias y posteriormente en la comunidad. Para cada una de estas acciones, hubo un hecho concreto, un trabajo concreto, programas que se fueron cumplimentando uno a uno. Uno de ellos es la escuela de DHL.

La escuela nace en el año 2001. El objetivo era, inicialmente, fortalecer los conocimientos de la gente de la compañía, pero al ver la explosión del país en ese año decidimos extenderla a la comunidad.

Las metas son desarrollar el conocimiento de las personas que participen, conocer y comprender el mercado laboral actual, conocer y asimilar las exigencias técnicas requeridas por las empresas para una persona que tiene que reinsertarse laboralmente.

La primera etapa fue con los empleados, la segunda, con sus hijos y familiares mayores de 16 años, y la tercera etapa fue con estudiantes de los últimos años del secundario. La escuela, desde hace 4 años, brinda herramientas teóricas y prácticas, tiene una carga horaria precisa, aplica una metodología de trabajo para establecer los módulos teórico-prácticos -tanto los obligatorios como los técnicos- y apunta a la inserción de la persona en el mercado laboral. Asimismo intenta colaborar con los participantes para que logren identificar su orientación vocacional, afrontar su primer trabajo y, al mismo tiempo, les ofrece capacitación en módulos técnicos, como ventas, principio de marketing, computación, idiomas, comercio exterior, etc.

Algunos resultados de la escuela son:

§ Entre 100 y 150 participantes están cursando de 4 a 6 programas al año.

§ El 65% son empleados y el 35% son familiares de los empleados.

§ Se dictan 1600 horas de entrenamiento el último año.

§ Cuenta con 70 voluntarios.

§ Ha dado la oportunidad a diez personas que entraron a trabajar a la compañía y a doce que ingresaron a otras empresas.

Además prácticamente no hay profesores externos dentro de los 400 empleados que tiene DHL en Buenos Aires. Se fueron detectando lentamente grupos e identificando los entrenadores, empleados que simultáneamente hacen las veces de profesores de inglés, de computación, etc. Para finalizar me gustaría dejar en claro que el objetivo de generar rentabilidad y el objetivo de desarrollar personas van de la mano, si se hace honestamente y sin hipocresía. En nuestra empresa se incrementaron los salarios y los beneficios del personal, se mejoró el clima laboral, aumentó la inversión en RSE, y paralelamente se fue incrementando la rentabilidad de la compañía.

Es un círculo virtuoso: si se invierte en la gente, la gente devuelve con compromiso, devuelve con mejores prácticas y mejores habilidades, y eso produce –sin lugar a dudas- mejores resultados económicos en la organización toda.

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Empresas en América Latina: Premios y castigos

Adolfo Sturzenegger, economista, profesor de la Universidad Nacional de La Plata y autor del documento sobre Indice de Responsabilidad Social Empresaria del Foro Ecuménico Social, propone organizar premios con adecuadas características, como paso para una certificación integral de Responsabilidad Social Empresaria.

Es para mí importante poder participar en estas cuestiones de Responsabilidad Social Empresaria en cuanto las mismas implican el tratamiento de aspectos morales, pudiendo además reflexionar y discutir sobre temas que trascienden los meros principios económicos y van hacia la sociedad en su conjunto. Por ello quiero agradecer especialmente esta invitación del Foro Ecuménico Social a participar como expositor en esta Cátedra.

Voy a plantear la importancia, pero también las limitaciones, que tiene la asignación de premios a empresas dirigidos a estimular el desarrollo de la Responsabilidad Social Empresaria (RSE). Sin embargo, antes me gustaría mencionar, en general, cómo se han generado la idea y los principios de la RSE, recordando también las limitaciones y problemas todavía no integralmente no resueltos para la aplicación concreta de esos principios.

La presentación más general de la idea de la RSE surge en las últimas décadas en forma natural. Se comienza reconociendo que la empresa para poder actuar como tal requiere imprescindiblemente de la sociedad. Esta le aporta a aquella un medio social que significa cosas esenciales para el desenvolvimiento empresario. Le brinda una estructura jurídica para poder llevar a cabo diferentes contratos, le da a la empresa un entorno laboral donde encontrar los recursos humanos, le da un entorno macroeconómico para el desarrollo de sus negocios, y le da un mercado para vender su producción. La realidad es que la empresa no es concebible sin la sociedad y sin ese entorno. Así vistas las cosas, es natural concluir que la empresa tiene como obligación mínima tener en cuenta esa sociedad, y que consecuentemente debe actuar con responsabilidad social.

De la idea anterior surgen los dos componentes básicos que debe desarrollar la empresa para cumplir con la sociedad, esto es, para actuar como empresa socialmente responsable. Primero, la empresa debe actuar como miembro integrante pleno de un Estado de derecho. En otras palabras, en su accionar debe cumplir con la letra y el espíritu de todas las leyes que tienen implicancias en tal accionar, como leyes laborales, fiscales, comerciales, regulaciones que existan sobre protección del medio ambiente, leyes de defensa del consumidor o de la competencia, normas legales que emiten las comisiones de valores dirigidas entre otros objetivos a lograr un alto nivel de ética en los negocios.

Sin embargo existe un segundo componente básico integrante del concepto de responsabilidad social empresaria. Este es que, bajo ciertas circunstancias, la empresa debería ir más allá de lo que dicta la ley y, más aún, más allá de la maximización de sus beneficios. ¿Por qué la sociedad está reclamando esta nueva exigencia social en el desenvolvimiento empresario? La principal fundamentación es que en nuestra sociedad actual existen múltiples problemas económicos, éticos, fiscales y jurídicos no resueltos, y que la acción de los gobiernos y/ o de las organizaciones no gubernamentales, que son quienes naturalmente deberían ocuparse de ellos, no resulta suficiente para lograr su solución. En la búsqueda de soluciones aparece, en diferentes circunstancias, que la empresa puede cumplir un rol estratégico, a veces insustituible, para alcanzar esas soluciones, y si esto es así, entonces la empresa debería ir más allá del solo cumplimiento de la ley, y más allá, de la maximización de sus beneficios si esto fuera necesario.

Ejemplifiquemos lo anterior. Una empresa, actuando dentro de la ley, cumple estrictamente con todas sus obligaciones tributarias y laborales, o sea satisface plenamente el primer componente de la RSE. Ahora bien, siguiendo el principio de la maximización de sus beneficios, compra sus insumos productivos con el proveedor que mejor satisface la ecuación económica de precios-calidad. Sin embargo detecta que tal proveedor evade parcialmente el pago de sus impuestos y que parte de su planta laboral trabaja “en negro”. En este caso, el segundo componente de la RSE le exige a esta empresa que, como mínimo deje de contratar con tal proveedor. En realidad, debería también denunciar la existencia de esa empresa incumplidora de la ley y de la ética de los negocios. Resulta claro entonces que si la empresa satisface ese segundo componente de la RSE, su accionar se ubica más allá del cumplimiento de la ley y más allá de la maximización de sus beneficios.

Ahora bien, la exigencia que la sociedad le impone a la empresa para cumplir con ese segundo componente de la RSE, presenta varios problemas, de los cuales los dos principales son la cuestión del Contenido y la cuestión de la Motivación.

Con relación al contenido la cuestión es la siguiente. ¿Hasta donde debe ir la empresa en el intento de cumplir con el segundo componente? ¿Cuáles son los límites para su accionar en tal sentido? Volviendo a nuestro ejemplo. ¿Cuánto tiempo y recursos debe gastar la empresa para denunciar situaciones de evasión tributaria, incumplimiento de la legislación laboral, o corrupción, en otras empresas? ¿Tiene la obligación de hacerlo sólo con relación a las empresas con las cuales tiene trato comercial?

Con relación a la motivación la cuestión se presenta así. ¿Cómo debe compatibilizar la empresa su interés (maximización de sus beneficios) con virtud (satisfacer el segundo componente de la RSE)? ¿Cuáles son los mecanismos para lograr esa compatibilización?

Nosotros, en el Foro Ecuménico Social, estamos propiciando la emisión de una certificación de la responsabilidad social de las empresas basada en un Indice especialmente diseñado, para que la sociedad tenga un dato transparente, bien definido y concreto acerca del comportamiento empresario, y de esta forma la sociedad sepa cuáles son las empresas que actúan en forma socialmente responsable. Tal cual está concebida esa certificación, los dos problemas anteriores, de contenido y de motivación, tienden a quedar resueltos. El de contenido porque ese Indice define qué se debe premiar y qué se debe castigar, y el de motivación porque la sociedad va a saber confiablemente a qué empresas premiar y a cuáles castigar, con lo cual ser socialmente responsable será un buen negocio empresario.

No existe todavía en el mundo una certificación semejante, en particular porque muchas empresas y organizaciones empresarias se oponen a ella. Entonces, ante esta negativa se van estableciendo metas intermedias para crear esa cultura de la RSE y para informar a la sociedad sobre cuáles son las empresas que están más cerca de cumplir con esta idea.

Tal vez uno de los avances más importantes haya sido el Global Reporting Initiative (GRI) que propone la exigencia de que las empresas presenten un triple balance, o sea que además del balance financiero convencional, se presenten un balance económico, uno ambiental y uno social, con los impactos de la empresa en estos tres últimos ámbitos.

También se ha avanzado en certificaciones específicas. Por ejemplo, en Europa se exige que los productos genéticamente modificados tengan una certificación y que las empresas informen claramente sobre las características biológicas de los mismos a quienes los utilizan.

Además se dan premios a la RSE, pero estos, no siempre, logran resolver en forma adecuada aquellos dos importantes problemas citados anteriormente. En general, son premios otorgados a acciones puntuales de las empresas, la mayoría de las veces acciones especialmente preparadas para ganar los premios que poco tienen que ver con una concepción amplia e integral de la responsabilidad social de las empresas. En este sentido, a veces estos premios pueden ser equívocos. Como cuando, por ejemplo, una empresa que fabrica armas se presenta y gana uno de estos concursos por una atractiva acción empresaria en el campo educacional o de la pobreza, pero que en otros aspectos la empresa no reúne las mínimas características para ser socialmente responsable.

Lo que tenemos que hacer es pensar la posibilidad de lanzar premios con adecuadas características, como paso intermedio para en un futuro tener una certificación más completa e integral de la RSE.

Esos premios deberían tener las siguientes características:

- Hacer una evaluación lo más integral posible de la empresa. Se debe tratar no de juzgar acciones individuales, sino acciones empresariales de contenido más amplio. Esto tiene sus problemas pero hace a la esencia de la RSE.

- Evaluar más positivamente aquellas conductas o acciones que efectivamente tienden a resolver situaciones donde existen verdaderos fracasos o imposibilidades del gobierno o del mercado. Esto es imprescindible. Si hay una cuestión donde el Estado o el mercado actúan eficientemente, no es necesario que la empresa también actúe. Por ejemplo, no se debe premiar a una empresa que actúa en un sector donde hay una ley de protección ambiental que funciona en forma correcta. En este caso el gobierno ha decidido la mejor forma de utilizar los recursos y no hay que premiar a la empresa que quiere ir más allá de la ley, ya que en esta oportunidad, si la ley es correcta, sería irresponsable socialmente hacerlo aunque se lo presente como una protección adicional de los recursos del medio ambiente.

- No se deben premiar aquellas acciones que responden al principio de la maximización de beneficios. Pese a ser beneficiosas socialmente, la maximización de los beneficios ya es suficiente incentivo. Un premio adicional a tal maximización es innecesario. - No se puede premiar a empresas que, por más que inicien importantes programas sociales, no tengan idoneidad para llevarlos a cabo.

Hay que tomar conciencia que crear una cultura ilustrada, profunda y correcta de la RSE es una tarea muy compleja. Tenemos que ser muy cuidadosos. Yo aliento al Foro y a otras instituciones a explorar, como solución intermedia de aproximación, el otorgamiento de premios empresarios. Pero con la salvedad de que deben ser -como dije- lo más integrales posibles, donde los dos grandes problemas de contenido y motivación puedan ser resueltos en forma razonable.

Expirado

El camino de la Argentina

Enrique Cristofani, Presidente del Banco Río, comentó las enseñanzas que le dejó recorrer el camino de Santiago, en España, haciendo una comparación con lo que debería suceder en la Argentina. Esta fue su ponencia:

Me han pedido que hable sobre un artículo que publiqué el año pasado, en el diario La Nación, que se llama “El camino de la Argentina”. Lo voy a comentar muy rápidamente. 

Yo creo que uno de los conceptos básicos que están en todas las peregrinaciones es que dan como fruto un ambiente de tolerancia entre los pueblos, entre la sociedad. Creo que ese es un concepto básico que a nosotros nos falta. Y vi tres enseñanzas básicas que me ha dejado el camino de Santiago, haciendo la comparación con nuestro país. 

En primer lugar la importancia de lo simple; en segundo lugar el trabajo en equipo; y en tercer lugar el tema de los objetivos, el tema de las metas. 

En cuanto lo simple, creo que nos faltan políticas de estado, y políticas de estado, en definitiva, yo lo relaciono con tener objetivos comunes. O sea, la forma simple de llamar a las políticas de estado es tener objetivos comunes. Yo creo que nos podríamos poner de acuerdo muy rápidamente de cuáles son las políticas de estado. Por ejemplo, si hay inflación al que más le pega es al que menos tiene, por lo cual creo que hemos aceptado la importancia de una inflación baja. Creo que también nos hemos dado cuenta de la importancia de tener un tipo de cambio competitivo con respecto al mundo, teniendo en cuenta que el tipo de cambio es uno de los referentes competitivos de la economía. Pero es solamente uno; el tema de la competitividad de la economía es mucho más complejo. 

También hemos aprendido sobre la importancia de combinar una economía que crezca una sociedad que crezca en su conjunto. En el Foro se hablaba muy bien de la importancia del empleo y yo creo que tenemos que mejorar muchísimo: tenemos un potencial para crecer en todo lo que tiene ver con el empleo y en otros conceptos básicos como la calidad de la educación, la calidad de la salud, la seguridad.

La combinación entre la economía y la sociedad es algo totalmente posible, por eso insisto en lo que decía antes: pueden ponerse estas políticas de estado en una hoja y la gran mayoría vamos a estar de acuerdo. Pero para eso tiene que haber dialogo, tiene que haber consensos básicos, que sean comunes para todos. 

El segundo aspecto es el trabajo en equipo. Somos una sociedad y una dirigencia que está acostumbrada al todos contra todos. Con esta política nos fue muy mal. Muchos miran con asombro cómo algunas veces nos interesa más tener razón que tener éxito. Hay personas que realmente prefieren tener razón y que al país le vaya mal y viceversa, o sea equivocarse y que al país le vaya bien. Esto es parte de nuestra indiosincracia y creo que es importante reconocerlo. 

Normalmente, además del todos contra todos, miramos para atrás en vez de mirar para adelante, y eso provoca revanchismo tanto a nivel político como a nivel del empresario. Hace un par de épocas se hablaba del tema del campo y de industria. La década pasada era industria o servicios, se discutía de sobre si generaba más empleo los servicios o la industria. Esta es una discusión obviamente ridícula. 

Acá nos interesa que a todos los sectores de la economía le vaya bien, que, en definitiva, todos subamos con un objetivo común. 

Y, hablando de objetivos, ese es el tercer punto. Obviamente, si uno quiere llegar a un lugar, lo primero que tiene que saber es a dónde quiere llegar, y creo que lo importante es que el presidente de política de estado diga cómo va a trabajar y si lo va a hacer en equipo; pero también debe decir a dónde quiere llegar, cuáles son los objetivos que tiene. En ese sentido creo que hace varias décadas que estamos perdiendo el tiempo con discusiones ideológicas, que nos han llevado donde estamos hoy. Por eso creo que es muy importante que dejemos de pensar en atajos y que en lugar de pensar en sucesos pensemos en procesos. Y en procesos dentro de un objetivo final. 

Entonces, en síntesis, estoy convencido de que tenemos un gran país, con un potencial de sus recursos humanos que sigue básicamente intacto, que no está ni condenado al éxito o ni al fracaso, que va depender de cómo lo gestionemos. Y, realmente, hasta ahora lo hemos gestionado muy mal. Por eso es muy importante que los ciudadanos empezamos a ser protagonistas y dejemos de ser meros comentaristas de la realidad.

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CÁTEDRA ABIERTA DE RESPONSABILIDAD SOCIAL Y CIUDADANA